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¡Señoras y señores, aquí no pasa nada!

El texto sostiene que la corrupción sigue intacta y se alimenta de denuncias que no frenan los abusos, sino que terminan reforzando el mismo sistema de poder.

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El texto sostiene que la corrupción sigue intacta y se alimenta de denuncias que no frenan los abusos, sino que terminan reforzando el mismo sistema de poder.

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Por: Oscar Jahir Hernández Rugeles

Fueron cuatro años en los que los colombianos tuvieron la oportunidad de ver que “el cambio” no acabó con la corrupción y que, al contrario de lo que muchos pensaban, las dimensiones que alcanzaron el despilfarro y la incompetencia en los cargos fueron peores que las de los últimos veinte años de gobierno.

La corrupción es un sistema institucionalizado que comienza con el financiamiento ilícito de la política y termina con el silencio administrativo y judicial en todas sus formas, siempre con un mismo propósito: la auto-conservación del poder. En definitiva, es eso: un sistema autoorganizado y autoprotector que no necesita de una coordinación consciente para seguir existiendo. Es un “mal equilibrio” que captura los mecanismos diseñados para combatirlo.

Cuando las cosas funcionan, el sistema aparenta tener anticuerpos -hay procesos, hay investigaciones, hay denuncias-, pero nada avanza: las investigaciones se archivan por vencimiento de términos y las noticias apenas incomodan un rato antes de disolverse en el siguiente titular. La denuncia se convierte en una válvula de escape; pero cuando está bien hecha, es respondida con la maquinaria completa: una difamación coordinada, un desespero institucional y, en un nivel más profundo, amenazas contra la familia y el posterior asesinato del denunciante, tal como sucedió con el periodista Cristian Herrera el pasado 6 de junio de 2026 en Cúcuta.

Por eso existe la tesis de que es imposible combatirla, tesis que resulta profundamente funcional al sistema, porque si eso cala en la conciencia de la ciudadanía termina ocurriendo lo que hoy vemos en Bucaramanga.

Se hicieron las denuncias de la contratación del mantenimiento del alumbrado público con una universidad que no tenía la experiencia para ello y que operaba sin la debida interventoría. ¿Qué pasó? Le extendieron el contrato y le entregaron más recursos.

Se hicieron las denuncias sobre el indebido manejo de los insumos en el contrato de parqueros de la ciudad, a cargo de la EMAB. ¿Qué pasó? Le mandaron dieciséis mil millones de pesos más.

 

Se hicieron las denuncias sobre las empresas fachada en el contrato que le permitiría bajar el impuesto de alumbrado público a los ciudadanos. ¿Qué pasó? Les concedieron más plazo, aún cuando todas las pólizas estaban vencidas.

Se hicieron las denuncias del exagerado incremento de personal en el alumbrado público. ¿Qué pasó? Terminaron contratando más gente.

Y, aún así, la sociedad espera que las cosas cambien. La mala noticia es que nada va a cambiar y todos seguiremos discutiendo en las calles, cada vez que haya una elección, por cuál verdugo vamos a votar. De eso no estamos tan lejos: las reuniones políticas ya comenzaron, así que los discursos de transformar la ciudad y las promesas de tener un mejor municipio no tardarán en aparecer. ¿Van a cambiar las cosas? No. Nada va a cambiar, porque la sociedad se acostumbró a ese equilibrio. Por eso, señoras y señores, aquí no pasa nada.