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La mejor parte del viaje

El autor descubre que viajar amplía la mirada, pero también confirma que la mejor parte del viaje siempre es volver a casa.

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Uno hereda cosas extrañas de los padres. Yo heredé de mi mamá las ganas de viajar. De mi papá, el miedo a hacerlo. De niño escuchaba a mi mamá decir que siempre había querido ser azafata. No hablaba de uniformes ni de aviones; hablaba de conocer el mundo. La vida terminó concediéndole ese deseo por otro camino. Como diseñadora viajaba con frecuencia a Europa y Estados Unidos, a veces durante dos meses seguidos, acompañando el crecimiento de la empresa de mi abuelo, Julio González Reyes. Regresaba con historias, fotografías y una felicidad difícil de explicar. Mi papá era todo lo contrario. Viajaba porque le tocaba, pero repetía siempre la misma frase: "La mejor parte del viaje es el regreso". De niño me parecía una forma triste de ver el mundo. Yo quería parecerme a mi mamá. Quería conocer países, idiomas y culturas. Y la vida me dio esa oportunidad. Trabajé buena parte de mi carrera fuera de Colombia y, años después, recorrimos el mundo durante diecisiete meses. Lo curioso fue descubrir que, mientras más viajaba, más entendía a mi papá.

Nunca me han asustado los destinos. Me asustan los aeropuertos. Hay algo profundamente extraño en caminar hacia un avión y aceptar que, durante las siguientes horas, mi vida dependerá de personas cuyos nombres jamás conoceré. Durante mucho tiempo intenté distraerme dibujando mientras el avión despegaba. Pensé que mantener ocupadas las manos engañaría al miedo. No funcionó. El miedo aprendió a dibujar conmigo. Por eso, cuando dimos la vuelta al mundo, hice todo lo posible por mantener los pies sobre la tierra. En el Africa prefería recorrer las interminables llanuras en carretera. En Nepal escogía caminar o subir a un viejo Mahindra antes que despegar entre montañas. En Tanzania perdimos el último ferry hacia Zanzíbar y terminé subiéndome, casi de polizón, a un vuelo de carga. Ni siquiera esa aventura consiguió reconciliarme con los aviones. Hoy el ritual ya es casi automático. Entrego el pasaporte, busco mi asiento y sonrío como cualquier pasajero. Pero antes de que el avión empiece a moverse ya me despedí de todos. Rezo tres padrenuestros y tres avemarías. Pienso en mis hijos, mi esposa, en mi mamá, en mis hermanos y en quienes amo. Pido por las almas de quienes viajan conmigo y, sobre todo, pido regresar.

Con frecuencia escuchamos decir que el mundo es pequeño. Después de tantos viajes creo que ocurre exactamente lo contrario. Lo que es pequeño son nuestros recorridos. Transitamos siempre por los mismos aeropuertos, las mismas conexiones y ciudades globales. Por eso no resulta extraño encontrarse con alguien conocido en Madrid, Houston o Panamá. Pero basta desviarse un poco del camino para descubrir que el mundo sigue siendo inmenso. Para mí, un rincón de Santander que nunca he visitado puede ser tan desconocido como Mongolia. Viajar nunca ha consistido en acumular sellos en el pasaporte. Consiste en comprender que, sobre la misma tierra, otros pueblos aprendieron a vivir de manera distinta, a cocinar diferente, a rezar con otras palabras, a amar de otra forma y a entender el tiempo desde una perspectiva completamente ajena a la nuestra. Esa posibilidad de ampliar la mirada es el verdadero sentido del viaje.

Sigo sintiendo un nudo en el estómago cada vez que un avión acelera por la pista. Sospecho que nunca desaparecerá. Tampoco creo que abandone mi pequeño ritual de despedida antes de cada vuelo. Sin embargo, cada vez que las ruedas vuelven a tocar tierra y camino hacia la salida del aeropuerto, entiendo un poco mejor aquella frase que tanto repetía mi papá. Mi mamá tenía razón: viajar es uno de los grandes privilegios de la vida. Pero mi papá también. Después de tantos países, de tantos aeropuertos y de tantos regresos, descubrí que la mejor parte del viaje nunca fue llegar. Siempre fue volver a casa.