Del outsider al Presidente
Abelardo de la Espriella gana la Presidencia en medio del cansancio colombiano, pero ahora deberá demostrar con resultados si era distinto o solo otro candidato más.
Abelardo de la Espriella gana la Presidencia en medio del cansancio colombiano, pero ahora deberá demostrar con resultados si era distinto o solo otro candidato más.
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La foto que cambió de significado
Hace algunos meses observé a Abelardo de la Espriella durante un almuerzo con empresarios santandereanos en el Club Campestre de Bucaramanga. Incluso, creo que fuimos los primeros en hacerle un especial en esta casa editorial. En aquel momento era uno más entre varios aspirantes presidenciales. Un abogado famoso. Un personaje mediático. Un hombre que parecía sentirse más cómodo frente a una cámara que detrás de un escritorio público. Recuerdo haber escrito que proyectaba una mezcla extraña de soberbia y cercanía. También recuerdo haber terminado aquella columna con una duda sencilla: si realmente era diferente o si simplemente estaba mejor vestido que los demás candidatos.

La política colombiana tiene la mala costumbre de convertir rápidamente las certezas en anécdotas. Lo que parecía una candidatura improbable terminó convirtiéndose en una realidad electoral. Hoy aquella pregunta ya no importa demasiado. Los colombianos respondieron con sus votos. Abelardo de la Espriella es el presidente electo de Colombia.
Lo verdaderamente interesante no es que haya ganado sino preguntarse qué clase de país elige a un hombre como Abelardo de la Espriella para gobernarlo. Porque las elecciones presidenciales hablan menos de los candidatos que de los ciudadanos que los eligen.
El país de los desencantos
Los colombianos llevan décadas buscando una solución definitiva. Cada cierto tiempo aparece un líder prometiendo corregir el rumbo nacional y cada cierto tiempo descubrimos que gobernar es bastante más difícil que ganar elecciones. Uribe llegó prometiendo seguridad. Santos lo traiciona en su segundo mandato llega prometiendo paz. Duque insulso con la continuidad de Uribe. Petro prometiendo un cambio que cumplió, solo que para la vecindad del basurero. Ahora Abelardo promete orden. Cambian los nombres. Cambian las ideologías. Cambian los discursos. Lo único que permanece intacto es la esperanza de que esta vez sí funcione.
Visto desde cierta distancia, Colombia parece un país permanentemente enamorado de su próximo presidente e inalterablemente decepcionado del anterior. Es una especie de ciclo político nacional. Elegimos con entusiasmo. Gobernamos con dudas. Terminamos con frustraciones. Luego comenzamos de nuevo.

Sería injusto responsabilizar únicamente a los políticos. Los problemas colombianos son demasiado complejos para ser resueltos por una sola persona. Sin embargo, cada elección termina convirtiéndose en una especie de plebiscito emocional donde los ciudadanos depositan sus miedos, sus rabias y sus expectativas en un solo individuo. Esta vez ese individuo se llama Abelardo de la Espriella.
La ventaja de no pedir permiso
Cuando escuché a Abelardo aquella tarde en Bucaramanga hubo algo que llamó mi atención. No intentaba parecer otra persona. En una época donde muchos candidatos buscan desesperadamente parecer cercanos al ciudadano común, él parecía perfectamente cómodo siendo quien era. No escondía su éxito económico. No ocultaba su gusto por la buena ropa. No disimulaba su personalidad confrontacional. No intentaba convertirse en una versión políticamente correcta de sí mismo. Quizás allí radica una parte importante de su éxito.
Los votantes suelen detectar la falsedad con una facilidad sorprendente. Perdona errores. Perdona excesos. Incluso perdona contradicciones. Lo que rara vez perdona es la sensación de artificio. Abelardo nunca pareció artificial. Podía gustar o disgustar. Podía generar admiración o rechazo. Pero difícilmente indiferencia. Y en política la indiferencia suele ser mucho más peligrosa que el rechazo.
Mientras algunos candidatos parecían diseñados por consultores de imagen, Abelardo parecía diseñado por sí mismo. Eso le permitió construir una relación distinta con una parte del electorado que estaba cansada de escuchar discursos calculados y respuestas cuidadosamente editadas.
La victoria del cansancio
Muchos analistas pasarán los próximos meses intentando explicar esta elección mediante cifras, tendencias demográficas y mapas electorales. Probablemente tengan razón. Pero sospecho que existe una explicación más sencilla a la de que Abelardo ganó porque encontró un país cansado de la inseguridad. Cansado de la corrupción. Cansado de los escándalos. Cansado de escuchar que los resultados llegarán más adelante. Cansado de las explicaciones. Cansado de los expertos. Cansado de las promesas. Y cuando las sociedades se cansan, suelen tomar decisiones que pocos meses antes parecían improbables.
No es un fenómeno exclusivamente colombiano. Ocurrió en Argentina con Milei. Ocurrió en Estados Unidos con Trump. Ha ocurrido en distintas partes del mundo cada vez que una parte significativa de la población concluye que las respuestas tradicionales dejaron de funcionar. El voto por Abelardo contiene algo de esperanza, algo de protesta y algo de advertencia.
La advertencia es quizás lo más importante. Millones de colombianos decidieron enviar un mensaje a la izquierda. Un mensaje al establecimiento político. Un mensaje a quienes durante años creyeron que el electorado seguiría reaccionando de la misma manera. Y resultó que no.

El problema de llegar
Ahora comienza la parte realmente difícil. Durante meses Abelardo señaló responsables. Criticó a Petro, a Santos, a las cortes. Criticó al Congreso y a buena parte del establecimiento político colombiano. Y muchas veces lo hizo con razón. El problema es que el poder cambia las reglas del juego. La oposición vive de las preguntas. Los gobiernos viven de las respuestas. Los candidatos viven de las expectativas. Los presidentes sobreviven o fracasan por los resultados.
La Casa de Nariño tiene una característica curiosa y es que parece mucho más pequeña cuando se observa desde adentro que cuando se observa desde una campaña electoral. Allí terminan chocando las promesas contra los presupuestos, los discursos contra la realidad y las certezas contra la complejidad. Es más fácil prometer autoridad que ejercerla. Es más sencillo prometer crecimiento que producirlo Y, sobre todo, es más fácil prometer cambios que administrarlos.
La historia política colombiana está llena de hombres que fueron extraordinarios candidatos y presidentes bastante más ordinarios. Abelardo tendrá ahora la oportunidad de demostrar que pertenece a una categoría diferente.
La pregunta que sigue abierta
Al terminar aquel almuerzo en Bucaramanga observé cómo los asistentes abandonaban el salón comentando sus impresiones sobre el invitado. Algunos parecían convencidos. Otros mantenían reservas. Ninguno imaginaba exactamente cómo terminaría la historia. Meses después, el país entero conoce el desenlace electoral. La pregunta sobre si Abelardo podía llegar a la Presidencia ya fue respondida. La pregunta verdaderamente importante apenas comienza. ¿Qué hará con ella? Porque las campañas se ganan con discursos. Las elecciones se ganan con votos. Pero la historia suele ser bastante más exigente que los electores. La historia no recuerda a los candidatos por lo que prometieron sino por lo que hicieron cuando finalmente tuvieron el poder entre las manos.
Y es precisamente allí donde empieza el capítulo más difícil para Abelardo de la Espriella. El capítulo donde deja de ser candidato. El capítulo donde deja de ser outsider. El capítulo donde deja de ser una promesa. El capítulo donde tendrá que demostrar si era diferente o si, al final, simplemente estaba mejor vestido que los demás.