De la tierra, los mortales y la promesa del mañana
El texto reflexiona sobre la fragilidad humana tras el sismo en Venezuela y recuerda que la vida puede cambiar en segundos.
El texto reflexiona sobre la fragilidad humana tras el sismo en Venezuela y recuerda que la vida puede cambiar en segundos.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Todos hacemos planes para la próxima semana. Algunos para el próximo año. Otros para la jubilación. Firmamos créditos de vivienda a veinte años, abrimos empresas pensando en la siguiente década, discutimos por herencias que todavía no existen y compramos relojes como si pudiéramos negociar con el tiempo.
Entonces la tierra se mueve. No pregunta por ideologías, por patrimonio, por religión ni por cuentas bancarias. Simplemente se mueve. Y en unos cuantos segundos convierte una ciudad llena de agendas en una multitud buscando a sus hijos entre el polvo. Eso ocurrió esta semana en Venezuela. Ayer había oficinas, hoteles, colegios, almuerzos de trabajo y personas preocupadas porque el tráfico las haría llegar tarde. Hoy hay quienes darían cualquier cosa por volver a tener un problema tan insignificante como un embotellamiento. La vida cambia de un instante a otro.
Pero vivimos programados para creer exactamente lo contrario. Necesitamos esa ilusión. Si despertáramos cada mañana convencidos de que todo puede terminar antes del mediodía, probablemente no saldríamos de la cama, nos quedaríamos con los nuestros. Construimos la ficción de que el mañana existe, que el próximo diciembre llegará y que el calendario nos pertenece.
No nos pertenece. Y, sin embargo, esa misma ilusión termina alimentando la de creer que somos indispensables. Los empresarios solemos repetir que generamos empleo, como si pagar un salario fuera una obra de misericordia. Los profesionales creemos que nuestro conocimiento nos hace irreemplazables. Los políticos imaginan que el país depende de ellos. Todos, de una u otra manera, terminamos creyendo que el mundo nos debe gratitud por hacer aquello para lo que libremente decidimos prepararnos.
La naturaleza no comparte esa opinión. Un terremoto no distingue entre quien dirige una empresa y quien barre sus oficinas. La muerte jamás ha preguntado por el cargo. También solemos pedirle a Dios que bendiga nuestros negocios, que aumenten las ventas, que el contrato se firme, que el mercado suba. Como si el éxito económico fuera una certificación espiritual. Como si la prosperidad fuera un sacramento. Tal vez confundimos la fe con una póliza de seguros.
Hay una frase de Chuck Palahniuk en El club de la pelea que desmonta una de las ficciones más antiguas del ser humano: la de creer que el universo tiene un interés particular en nosotros. Sugiere que quizá no somos los favoritos del universo, que quizás somos los hijos no queridos de Dios. No hace falta compartir esa visión para entender que el mundo no gira alrededor de nosotros.
Y quizá por eso es tan difícil de aceptar que somos mortales. Profundamente mortales. No vinimos con garantías. Vinimos con tiempo. Nadie sabe cuánto. Por eso el verdadero patrimonio nunca ha sido la empresa, ni la cuenta bancaria, ni el cargo, ni siquiera el reconocimiento. Todo eso desaparece con una facilidad insultante. Lo único que permanece en la memoria de los demás es la forma en que los hicimos sentir cuando todavía estábamos aquí. Tal vez vivir bien consista, más bien, en aceptar que nunca lo controlaremos. En trabajar como si el mañana existiera, pero amar como si hoy pudiera ser el último día. En hacer las paces antes de que sea tarde. En pedir menos milagros para nuestros emprendimientos y convertirnos nosotros en un pequeño milagro para alguien más.
Porque cuando la tierra vuelve a quedarse quieta, uno descubre que el éxito nunca fue llegar más lejos que los demás. El éxito era haber aprendido a vivir sabiendo que todo podía terminar... y aun así haber elegido la bondad sobre el miedo, la humildad sobre la soberbia y la esperanza sobre la ilusión del control. Mucha fuerza al pueblo venezolano.