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Opinión

Los libros también muerden

Los buenos libros no cambian: cambia el lector. La lectura enseña el tamaño de la propia ignorancia y exige experiencia para comprender de verdad.

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Cuando salí del colegio me fui a estudiar a la Universidad de La Sabana. Había pasado trece años en el San Pedro Claver de Bucaramanga y me gradué en el Príncipe de Asturias. Ya se imaginarán por qué. Muchos de mis amigos escogieron la Javeriana. Yo no. Podía entrar. El ICFES me alcanzaba.

Por: Edgar Julián Muñoz González

Pero uno tiene 18 años y cree que la rebeldía consiste en cambiar de uniforme. Cambié la formación Jesuita por la del Opus Dei, como quien cambia de equipo sin entender todavía las reglas del juego.

Recuerdo la entrevista de admisión. ¿Cuáles son sus hobbies? Contesté que la música y la lectura, convencido de que estaba diciendo algo importante. Después empecé a disparar nombres. Jack London. Hemingway. Paulo Cohelo. Jorge Franco. Eran los que me gustaban. Los pronuncié con esa seguridad que solo tienen los jóvenes. La seguridad del que todavía ignora todo lo que desconoce. La entrevistadora sonrió ¿Ha leído La otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama? es Santandereano. Dije, No. Ni siquiera sabía quién era.

Salí avergonzado. No porque no hubiera leído ese libro, sino porque descubrí que existía un mundo entero que ignoraba, inclusive de mi propia tierra. Quedé en evidencia. La juventud tiene una enfermedad curiosa. Cree que leer unos cuantos libros la convierte en una autoridad. Yo también la padecí.

Después llegaron Hesse, Tolstói, Camus, Kafka y Dostoievski. Intenté subir la montaña de Hermann Broch. Me costó. Y más tarde volvió La otra raya del tigre. Recuerdo al ingeniero alemán, los caminos abiertos en una tierra imposible, la sensación permanente de estar leyendo algo que se me escapaba de las manos. Teso. Me costaba su prosa, pero lo terminé. El problema no era el libro. Era yo. Todavía no tenía la vida suficiente para entenderlo. Hasta que anduve por los caminos de Lengerke.

Con los años uno descubre que los buenos libros no cambian. El que cambia es el lector. Por eso desconfío de quienes convierten la lectura en un concurso de citas. Leer no vuelve más inteligente a nadie. Tampoco más interesante. A veces solo nos vuelve más arrogantes porque, si soy sincero, de muchos apenas recuerdo un par de escenas o una idea. El verdadero efecto de los libros es enseñarnos el tamaño de nuestra propia ignorancia.

La experiencia termina explicando párrafos que antes parecían escritos en otro idioma. Lo mismo ocurre con la política. No basta con aprender palabras como revolución, resistencia o desobediencia civil para comprender lo que significan. Gandhi convirtió la desobediencia en una herramienta moral porque entendía el tamaño del adversario, el costo de cada decisión y la responsabilidad sobre quienes lo seguían. Es más, durante la Segunda Guerra Mundial moderó varias de sus campañas y buscó equilibrar sus principios con una realidad infinitamente más compleja que un discurso universitario. Incluso afirmó: "No buscamos la libertad de la India sobre las ruinas de Inglaterra". Eso es tener criterio.

Muy distinto es invocar la desobediencia civil como una consigna de moda, sin contexto y sin responsabilidad, esperando que los jóvenes confundan el ruido con el coraje. Los jóvenes no tienen la culpa. Todos empezamos creyendo que sabemos más de lo que realmente conocemos. Es un comportamiento natural. La culpa la tienen quienes conocen esa inexperiencia y deciden explotarla.

Con los libros pasa igual. El buen escritor no intenta convencerlo de que usted ya entendió el mundo. Hace exactamente lo contrario. Nos recuerda, con elegancia o con brutalidad, que apenas acabamos de abrir la primera página del libro más difícil de todos: la vida.