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Decidir

La decisión humana sigue siendo insustituible: algoritmos y expertos pueden orientar, pero elegir y asumir consecuencias continúa siendo un acto nuestro.

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Resumen con IA

La decisión humana sigue siendo insustituible: algoritmos y expertos pueden orientar, pero elegir y asumir consecuencias continúa siendo un acto nuestro.

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Un cardenal, de Retz, escribió alguna vez que no hay nada en este mundo que no tenga su momento decisivo. Tal vez exageraba. O tal vez no. Porque incluso cuando usted decide no hacer nada, ya tomó una decisión. Cuando no cambia de trabajo. Cuando no llama. Cuando no vende. Cuando no compra. Cuando no se levanta de la cama. La decisión ya fue tomada.

Nos gusta pensar que decidimos después de analizar cuidadosamente los hechos. Que hacemos listas de pros y contras. Que medimos riesgos. Que calculamos probabilidades. Pero durante la mayor parte de la historia humana no ha sido así. Un cazador escuchaba un ruido entre los arbustos. Corría. O se quedaba. Sin hojas de cálculo. Sin inteligencia artificial. Sin consultores. Solo existía una sensación extraña en el estómago. Y sobrevivía quien tomaba la decisión correcta. O quien tenía suerte.

Miles de años después seguimos siendo el mismo animal. Solo que ahora disfrazamos nuestros instintos con gráficos. Tomamos café todas las mañanas. Yo tomo café todas las mañanas. Algunas veces dos tazas. Algunas veces tres. Otras una sola. A veces nada porque tengo afán. No sé exactamente por qué. No llevo un registro. No construyo una base de datos. No alimento un modelo estadístico. Y sin embargo tomo una decisión. Mi cerebro procesa información que ni siquiera noto: cuánto dormí, cómo está el clima, qué tan cansado me siento, si tengo una reunión difícil o si la noche anterior fue larga. Miles de variables. Un modelo mental invisible.

Después apareció la estadística y la economía. Después aparecieron los algoritmos. Luego la inteligencia artificial. Todos prometiendo lo mismo: ayudarnos a decidir mejor. Y tal vez lo logran. Un modelo puede decirle qué acción tiene más probabilidades de subir, qué paciente tiene más riesgo morirse, qué ruta consume menos combustible o qué cliente probablemente no pagará. La máquina puede calcular más rápido. Puede recordar más cosas. Puede encontrar patrones imposibles para nosotros.

Pero hay algo que sigue sin poder hacer. No puede decidir por usted. Puede recomendar. Puede sugerir. Puede advertir. Pero al final alguien tiene que decir sí o decir no y asumir las consecuencias. Esa parte sigue siendo humana.

Quizá por eso tampoco la democracia representa el final de las decisiones. Apenas es una herramienta para tomarlas colectivamente. La mejor que hemos encontrado hasta ahora. Y mientras exista libertad, siempre podremos corregir el rumbo decidiendo nuevamente. Las encuestas pueden orientar. Los expertos pueden aconsejar. Los algoritmos pueden predecir. Pero ninguno puede sustituir el acto de elegir.

Porque desde que nuestros antepasados corrían detrás de un mamut hasta hoy, sentados frente a una pantalla llena de datos, nada ha cambiado realmente. Seguimos siendo criaturas obligadas a elegir. Y cada mañana, en especial esta de domingo de elecciones, incluso antes de la primera taza de café, la vida vuelve a hacernos la misma pregunta: ¿qué va a hacer ahora? ejmunozgonzalez@gmail.com