Cuando la corrupción se camufla en la tradición
Las fiestas populares no deben usarse para maquillar la corrupción, el atraso ni la mala gestión pública en los territorios.
Las fiestas populares no deben usarse para maquillar la corrupción, el atraso ni la mala gestión pública en los territorios.
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Mientras algunos gobiernos locales convierten las fiestas populares en vitrinas de éxito administrativo, muchos territorios continúan atrapados entre la corrupción, el atraso y la deficiente prestación de servicios públicos. La tradición jamás puede convertirse en el disfraz del fracaso institucional.
Cada fin de año, durante la Semana Santa o en las tradicionales ferias y fiestas municipales, numerosos gobiernos locales en Colombia anuncian con orgullo carteleras de artistas nacionales e internacionales, espectáculos pirotécnicos, reinados, tarimas multicolores y eventos multitudinarios que demandan inversiones de cientos o incluso miles de millones de pesos. La cultura y las tradiciones son parte esencial de nuestra identidad y merecen ser promovidas. El problema comienza cuando estas dejan de ser una expresión del patrimonio colectivo para convertirse en un instrumento político destinado a maquillar las verdaderas carencias del territorio.
No es un secreto que muchos municipios enfrentan profundas dificultades en materia de seguridad, prestación de servicios públicos que incluso amenazan la salud de sus habitantes, movilidad, planificación urbana, infraestructura básica y generación de oportunidades. Mientras los ciudadanos padecen calles deterioradas, acueductos deficientes, sistemas de alcantarillado obsoletos o inexistentes, y un constante incremento de la inseguridad, las administraciones si encuentran recursos suficientes para financiar espectáculos que duran apenas unas horas, pero que producen un enorme impacto mediático.
La heredada estrategia demagógica romana del “pan y circo” para manipular al pueblo sigue vigente. Mantener entretenida a la población puede resultar más rentable políticamente que solucionar los problemas estructurales que afectan la calidad de vida de los habitantes. Un concierto exitoso genera aplausos inmediatos; una obra de saneamiento básico o un plan serio de ordenamiento territorial rara vez produce el mismo entusiasmo, aunque sus beneficios perduren durante décadas.
Más preocupante aún resulta que, en no pocos casos, estas millonarias contrataciones coincidan con denuncias sobre posibles irregularidades administrativas, sobrecostos, falta de transparencia o procesos contractuales cuestionados. Sin prejuzgar sobre casos particulares, la repetición de estos escenarios alimenta una percepción ciudadana de que el espectáculo termina convirtiéndose en una cortina de humo frente a problemas mucho más profundos.
No se trata de eliminar las fiestas populares ni de desconocer el valor de las expresiones culturales. Sería un error enfrentar cultura y desarrollo, porque ambas pueden coexistir y fortalecerse mutuamente. Lo cuestionable es utilizar la tradición como maquillaje de una gestión pública deficiente o como estrategia para construir una imagen de éxito que no corresponde con la realidad cotidiana de los ciudadanos.
El Estado existe para garantizar derechos, administrar con responsabilidad los recursos públicos y promover el bienestar colectivo. Su finalidad no consiste en vender una percepción de prosperidad mientras persisten el atraso, el desorden urbano, la inseguridad y la deficiente prestación de los servicios esenciales. Ningún espectáculo, por grandioso que sea, puede reemplazar una administración transparente, eficiente y comprometida con el desarrollo sostenible de su territorio.
Quizá haya llegado el momento de que la ciudadanía deje de medir el éxito de un gobierno por el número de artistas contratados o por la duración del último espectáculo de fuegos artificiales. El verdadero legado de una administración debería reflejarse en mejor infraestructura vial, agua potable, seguridad, educación, salud, planeación urbana y oportunidades para sus habitantes. Las fiestas terminan en pocos días; las decisiones de gobierno permanecen durante generaciones. La tradición debe fortalecer la identidad de los pueblos, nunca convertirse en el disfraz que pretenda ocultar la corrupción, la improvisación o el abandono estatal de cualquier administración.