Pensar distinto
El terremoto en Colombia recordó que la infraestructura y los servicios públicos son claves para la seguridad, la respuesta a emergencias y la resiliencia del país.
El terremoto en Colombia recordó que la infraestructura y los servicios públicos son claves para la seguridad, la respuesta a emergencias y la resiliencia del país.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
··········
········
Hay acontecimientos que, por dolorosos que sean, terminan obligándonos a mirar asuntos que durante años hemos dado por sentados y el terremoto ocurrido el pasado 10 de agosto en Colombia es uno de ellos, no solamente por las afectaciones que dejó y por la incertidumbre que vivieron tantas personas, sino porque volvió a mostrarnos hasta qué punto nuestra vida cotidiana, nuestra seguridad y buena parte de nuestra capacidad para enfrentar una emergencia dependen de algo de lo que pocas veces hablamos cuando todo funciona bien como: la infraestructura y los servicios públicos, por ejemplo.
Por: Mariana Ballestas H.
Es precisamente en momentos como estos cuando una carretera deja de ser simplemente una vía para convertirse en la posibilidad de llevar ayuda a una comunidad, cuando una red de energía deja de ser un asunto técnico para determinar si un hospital puede continuar operando y cuando el agua, las telecomunicaciones o la conectividad adquieren una dimensión completamente distinta, porque aquello que normalmente medimos en kilómetros, cobertura, capacidad o inversión termina traduciéndose en algo mucho más sencillo y mucho más importante que es la posibilidad de que las personas puedan continuar con sus vidas y de que una sociedad tenga herramientas para responder y recuperarse.
Por eso creo que, una vez atendida la emergencia y sin desconocer las pérdidas ni pretender encontrar algo positivo en una situación tan dolorosa, también tenemos la responsabilidad de preguntarnos qué podemos aprender de ella, especialmente en un país que por sus condiciones geográficas está expuesto a terremotos, inundaciones, deslizamientos y otros fenómenos naturales y que, al mismo tiempo, mantiene brechas importantes en infraestructura y servicios públicos entre unas regiones y otras, una combinación que debería llevarnos a entender la resiliencia no como una palabra de moda, sino como una condición indispensable para el desarrollo.
Y esa conversación no puede limitarse a construir estructuras más resistentes, porque la capacidad de una región para enfrentar una crisis depende también de cuánto conocemos el lugar donde desarrollamos un proyecto, de qué tan preparados están quienes viven allí, de si existen canales de comunicación que funcionen cuando aparece una emergencia y de la confianza que se haya construido previamente entre autoridades, empresas, comunidades y organizaciones locales, relaciones que muchas veces parecen secundarias frente a los asuntos técnicos, pero que en momentos críticos pueden determinar la velocidad y efectividad de una respuesta.
Quienes hemos trabajado alrededor de grandes proyectos sabemos que la infraestructura nunca existe de manera aislada, porque alrededor de una carretera, un puerto, un tren, una línea de transmisión, un acueducto, un proyecto energético o cualquier otra obra hay comunidades con historias y necesidades distintas, autoridades con capacidades diferentes, actividades económicas que dependen de ese servicio y expectativas que deben ser entendidas y gestionadas durante muchos años, por eso pensar en proyectos verdaderamente resilientes también exige conocer esas dinámicas desde el comienzo e incorporarlas a las decisiones que se toman.
Durante mucho tiempo hemos evaluado el éxito de este tipo de proyectos, principalmente a partir de indicadores como kilómetros construidos, porcentajes de ejecución, inversiones realizadas o fechas de entrega y, aunque todos ellos son necesarios, quizás deberíamos ampliar esa mirada para preguntarnos también cuánto contribuye una obra a preparar mejor una región, qué capacidades deja instaladas, qué tan articulados están los actores que tendrán que responder cuando algo ocurra y hasta qué punto las personas que conviven diariamente con ese proyecto o empresa entienden su funcionamiento, sus riesgos y el papel que pueden desempeñar frente a una situación extraordinaria.
El terremoto del 10 de agosto debería servirnos entonces para abrir una conversación que vaya mucho más allá de la reconstrucción y nos permita pensar cómo queremos desarrollar proyectos de vivienda e infraestructura que Colombia todavía necesita, una que sea capaz de anticipar escenarios cada vez más complejos, adaptarse a las características y reconocer que la ingeniería, la planeación, la sostenibilidad y la relación con las comunidades no son conversaciones separadas, sino partes de una misma ecuación cuando lo que buscamos es construir proyectos que permanezcan y generen bienestar en el largo plazo.
Tal vez esa sea una de las reflexiones que puede dejarnos una situación tan triste, las crisis no solamente ponen a prueba aquello que hemos construido, también revelan qué tan preparados estamos como sociedad para actuar conjuntamente y nos muestran dónde están nuestras mayores vulnerabilidades, pero precisamente por eso pueden convertirse en una oportunidad para corregir, anticiparnos y hacer mejor las cosas.