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De osos, diplomas y vergüenza

La pieza cuestiona la defensa política de un fraude académico y critica cómo se negó lo evidente hasta que la verdad salió a flote.

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En 2022 me fui a caminar por el Sendero de los Apalaches. Llevaba un repelente de osos que había comprado por si acaso me salía uno. Y un día me salió un oso negro. Ante un animal así, el manual dice que toca simular fuerza, gritar y parecer más grande. Algo parecido haría quien fuera amenazado por dos ladrones: fingir que tiene un arma y esperar que huyan.

Por: Edgar Julián Muñoz González

Es una mentira, por supuesto, aunque responde a la lógica natural de sobrevivir, más que la de conseguir un privilegio.

También existen engaños menos dramáticos. Alguien exagera una competencia durante una entrevista porque confía en aprenderla antes de que llegue la prueba. Otro infla su experiencia para evitar el descarte. Está mal, aunque comprendo la fragilidad humana que hay detrás por miedo al fracaso y el deseo de recibir una oportunidad.

El caso de Juliana Guerrero no cabe aquí. Ella admitió ante la justicia que incurrió en fraude procesal al actualizar su información y presentar ante el Ministerio de la Igualdad unos títulos obtenidos en temu.

La gravedad trasciende los papeles. Durante meses, mientras las evidencias se acumulaban, el expresidente Gustavo Petro y quienes cerraron filas alrededor de Guerrero convirtieron cada prueba en una persecución.

En vez de pedir explicaciones, señalaron a los periodistas, la oposición y los enemigos de siempre. El libreto conocido de negarlo todo. Ante cada revelación surgía una conspiración suficientemente grande para que sus militantes pudieran seguir creyendo.

Mientras faltara una confesión, quedaba espacio para fabricar dudas. Eso lo sabía Petro, mentiroso de profesión. Tal vez la universidad se había equivocado. Que todo obedecía a un problema administrativo y los denunciantes pretendían atacar a una joven por su cercanía con el poder. Cualquier versión servía para rechazar la más obvia.

Pero con la cabeza dentro de la boca del tigre resulta imposible negociar. Guerrero terminó admitiendo aquello que negaron sus defensores. Pidió perdón al país y habló de arrepentimiento y segundas oportunidades. Es curioso como algunos descubren la moral cuando el expediente impide sostener el relato.

Ahí reaparece la discusión sobre los valores de la que tanto hemos hablado. Defender la honestidad cuando el señalado pertenece al partido contrario es muy fácil. Invocar a la justicia cuando se condena a un enemigo tampoco exige carácter. La verdadera prueba llega cuando las evidencias comprometen a un amigo, a un copartidario o al líder seguido durante años.

Varios escándalos del anterior Gobierno siguen sin condena, y sería irresponsable confundir una denuncia con una culpabilidad demostrada. Sin embargo, en Colombia se acostumbra a negar primero, desacreditar después y esperar que el tiempo desgaste la indignación. Se hablaba con devoción de las instituciones mientras los abogados buscan dilaciones, nulidades o vencimientos de términos. Todo procesado tiene derecho a defenderse, pero un dirigente debe responder ante la decencia y la altura del carácter.

Juliana Guerrero merece la posibilidad de corregir su camino después de cumplir sus obligaciones con la justicia. Una segunda oportunidad comienza por nombrar con claridad la primera falta. Solo que la solidaridad se convierte en complicidad cuando exige negar lo evidente. Y tiene razón el representante Briceño cuando señala al expresidente como cómplice de este fraude.

Aquel día en los Apalaches dejé el repelente sin usar. Pasé despacio frente al oso y, apenas lo perdí de vista, salí corriendo. Ahora varios de quienes defendieron a la muchacha también parecen correr, aunque existe una diferencia: yo huía del peligro; ellos, de sus propias palabras. El oso negro quedó atrás. La verdad, en cambio, siempre alcanza a quien pretende dejarla en el camino. Y el que escupe para arriba, le cae en la cara.