“My papa killed your papa”
La violencia deja cicatrices duraderas y exige romper la cadena del odio con diálogo, solidaridad y respeto.
La violencia deja cicatrices duraderas y exige romper la cadena del odio con diálogo, solidaridad y respeto.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
··········
········
Un hincha que no escatima saliva en el grito. Con ojos desorbitados y muñeca firme en el micrófono, lanza la frase a un entrevistador argentino luego de la remontada que el equipo gaucho hiciera en Atlanta. Dos horas de gritos, patadas calculadas, arengas de aliento y tarjetas amarillas pueden calentar el asunto por fuera de la cancha; pero ni el más estructurado golpe físico hubiese dolido de forma tan aguda como esa frase.
Cinco palabras que condensan décadas de malas decisiones desde los gobiernos de ambos países. Es posible discutir la idoneidad de muchas políticas, pero aquellas que conducen a matar seres humanos para anexar territorios, siempre serán un fracaso moral, un fracaso de lo humano. Cinco palabras que demuestran que, a pesar de los avances tecnológicos, de las múltiples campañas, organizaciones internacionales, acuerdos multilaterales, y un sinfín de discursos atrincherados en la paz, la guerra tiene cicatrices eternas.
Lo inquietante es que esto no es un hecho aislado geográficamente. En Colombia se conoce en demasía la forma en que la violencia sobrevive en palabras, apellidos, en las memorias de las familias, de los vecinos, de los copartidarios. Las marcas han sido grandes, profundas; de un dolor incalculable, pero con un aprendizaje constante de resiliencia. Y es allí donde sociedad y Estado debemos unir fuerzas. Hoy, en un municipio promedio de nuestro país conviven víctimas del conflicto, ex combatientes, ex miembros de grupos delincuenciales, e incluso personas que aún están vinculadas a dinámicas de violencia. Los escenarios del diario vivir se convierten en caldo de conflictos en los que, cualquier frase mal expresada, o mal comprendida, cobra protagonismo como detonante.
Al parecer, en este caso el hincha muestra cómo las ofensas tienen la facultad de viajar más rápido que las disculpas. El odio se muestra como la herencia más persistente de la violencia. Nuestra realidad hoy es una especie de callejuela de carbones encendidos. El reto es gigante pero no imposible. Mientras que, en las grandes esferas del ejecutivo, legislativo y judicial se entretejen y aplican decisiones, es nuestro deber romper la cadena de rivalidad.
Al final, quebrar esas cadenas es una especie de acto de soberanía individual. Es la oposición sensata a la perpetuidad del odio. Como reza el popular adagio, “un día a la vez”, puede convertirse en la llave que permita siempre escoger la palabra, el diálogo, el consenso sobre el grito insultante. La solidaridad no se mendiga, se ofrece.
El reto entonces será comenzar a escribir una nueva historia a muchas manos a partir de la solidaridad, la tolerancia, el respeto; una nueva historia en la que el vecino deje de ser el “objetivo” y vuelva a ser mi semejante. Que los padres demos ejemplo para que nunca más una frase de muerte sea utilizada como insulto. Mientras tanto, esperamos la mayor sensatez de quienes elegidos democráticamente deben sostener y encausar el imperio de la ley de este contrato social que seguimos escribiendo.
*Docente y Consultor en manejo de conflictos X: @rodrygonzalezma