•
Suscribirse Iniciar sesión
Opinión

Las palabras que dejamos de nombrar

La precisión al nombrar lo que sentimos y pensamos se está perdiendo, y eso desdibuja la realidad y alimenta malentendidos.

Las palabras que dejamos de nombrar
✨ Resumen con IA

La precisión al nombrar lo que sentimos y pensamos se está perdiendo, y eso desdibuja la realidad y alimenta malentendidos.

✨ Generado con IA · puede contener errores, verifícalo antes de compartir.
Únete a nuestro canal de WhatsApp Recibe lo más importante de El Frente al instante
Línea del tiempo · IA
····

··········

····

········

✨ Generado con IA · puede contener errores, verifícalo antes de compartir.

Tenemos más de 90.000 palabras en el diccionario de lengua castellana y, sin embargo, pareciera que nos bastan unas 300 para resolver lo que nos acontece cada día. No se trata de un cálculo que pretenda medir con exactitud nuestro vocabulario cotidiano, sino de una inquietud: ¿cuántas palabras estamos dejando de usar para nombrar lo que sentimos, pensamos, soñamos y vivimos? ¿Y más aún cuántas cosas pasan o dejan de pasar porque ya no nos “ocupamos” de nombrarlas?

Poco a poco, hemos empezado a llamar las cosas por “aproximación”. Confundimos la tristeza con la rabia, la diferencia con la ofensa, el desacuerdo con la enemistad. Una misma palabra sirve para describir hechos, juzgar personas, expresar emociones o despachar conversaciones. Y sucede que cuando el lenguaje pierde precisión, la realidad comienza a desdibujarse.

Los símbolos, los emoticones, las abreviaturas y los mensajes instantáneos tienen su lugar. También lo tuvo aquel “tqm” que condensaba un “te quiero mucho" en tres letras. El problema no está en abreviar, sino en acostumbrarnos a hacerlo con todo incluso con aquello que necesita tiempo, explicación y matices. Porque no es lo mismo escribir “estoy bien” que encontrar las palabras para decir que estamos cansados, preocupados, decepcionados o, simplemente, que no sabemos cómo nos sentimos.

Allí comienza el territorio de las suposiciones. Cuando no nombramos con claridad, otros completan los silencios con sus interpretaciones. Los juicios ocupan el lugar de las preguntas; las sospechas, el de las explicaciones. Y así se enredan las relaciones personales, familiares y laborales. También por supuesto la conversación ciudadana, donde las etiquetas reemplazan los argumentos y la violencia de las palabras parece tener más valor que la razón.

Lo inquietante es que terminamos habituándonos a ese universo del absurdo, donde todo parece susceptible de ser malinterpretado. En tiempos en que la información circula a una velocidad extraordinaria, es posible que olvidemos algo esencial: que comprender exige detenerse, escuchar y elegir las palabras con cuidado.

Andrés Neuman escritor invitado en la reciente feria de Ulibro, recordó que, aunque la prisa pareciera que nos “robara” las palabras, estas no desaparecen, se quedan dormidas, esperando que alguien las nombre para despertar. No se trata entonces de inventar un lenguaje nuevo para estos tiempos, sino más bien de rescatar el que ya tenemos; volver a las palabras que explican, que preguntan, que reconocen al otro sin reducirlo a una etiqueta.  Quizá sea hora de despertar algunas.

*María Ximena Mantilla. www.fundacionparticipar.com