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Opinión

La estética musical

El artículo critica la música contemporánea por su pobreza estética y sostiene que hoy prima el éxito económico sobre la esencia artística.

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Por: León Ferreira

No hay que tener oído musical, ser melómano o estudiar solfeo para darse cuenta de la decadencia en la estética musical contemporánea. En materia musical parece que, el adagio aquel: Todo pasado fue mejor, aplica a la perfección. En gracia de discusión, cada generación valorará con demasía la música que le correspondió. Quienes vivieron siglos atrás con acceso a las grandes composiciones musicales, amaron la música de su mundo, la que ha trascendido hasta hoy. Lo propio aplicará para quienes vieron nacer el Siglo XX y su posterior desarrollo musical.

El período comprendido desde los años cuarenta a los ochenta e incluso noventas del siglo pasado marcó a diferentes generaciones con diversos y fluidos géneros musicales que, destacaban por el virtuosismo, letras generosas y profundas, arreglos musicales orgánicos pletóricos del buen uso armónico y acompasado. Dejaron para la historia de la humanidad grandes melodías que, pese al paso de los tiempos, aún suenan como si fuera la primera vez. De he hecho, gozan de una estética única y desafiante para cada época.  La belleza está en todo. Da gusto escuchar música de antaño, llega al alma, ajeno del género particular de que se trate y por supuesto, más allá de los gustos o preferencias musicales de cada uno.

El Siglo XXI musical está marcado por la decadencia estética, por la pobreza rítmica y la ausencia de letras trascendentes. La música de estos tiempos parece parte de una pandemia de mala música o peor aún, de malos oyentes. Se hace música desechable e intrascendente. Destacan la carencia de belleza y una estética vacua que parece más un sonsonete que algo armónico con capacidad para abrazar el alma. No se trata de géneros musicales en particular, ni de cargarle las tintas a este o a aquel género que hoy inundan los listados musicales. Reguetón y música de cantina, ahora llamada música popular, como si acaso, una de las características de la música de masas no fuese la popularidad. Lo antiestético es la regla. Es tan bajo el racero que quién haga algo diferente y rete a los programadores musicales estará un escalón por encima.  El sentido de la música de hoy consiste en facturar bastante, su estética no importa, así todos ganan; tampoco puede haber buen gusto musical con oyentes poco selectivos.

Los expertos en la materia dirán que, son nuevos tiempos y abundan las “composiciones maravillosas”, pero falta algo. Por ejemplo, Shakira, cantante referente, galardonada, exitosa, llena estadios, todo lo que hace lo monetiza en plataformas digitales, pero no basta. El alma shakiriana de decenios pasados no está en su música de hoy. La Shakira de 2026 hace música artificial, superficial y superflua con exceso de producción e imagen, lo que encanta a la masa nada exigente. La estética musical no está al nivel de sus composiciones del pasado ¡Si la hubo! Sucede con una aquilatada cantante con méritos de sobra ¿Qué se podrá esperar de las nuevas generaciones de músicos que la veneran?

El problema surgió en el momento en que el músico abandonó la esencia de la música para privilegiar el éxito económico. Antes una composición recibía muchos portazos antes de ver la luz en un teatro o en un acetato. El músico porfiaba en ello, hasta que un único tema, en un extenso catálogo musical, abrazaba el alma de los oyentes. Hoy por hoy, no se prioriza la esencia de la música que, es su estética. Prevalecen la producción, el espectáculo, el dinero, las ventas y “los músicos por encargo”. De allí el éxito de los conejosmalos, malumas, yeibalbines, yeisons, carolyis y etcéteras. Son marchantes, no músicos. El músico cede para ante el empresario musical; cada tanto debe haber un nuevo éxito y no una pieza maestra. Son dos cosas bien distintas.