Cuando la opinión vale más que el conocimiento
La sobreabundancia de información, impulsada por redes y algoritmos, hace que la opinión y la visibilidad pesen más que el conocimiento validado.
La sobreabundancia de información, impulsada por redes y algoritmos, hace que la opinión y la visibilidad pesen más que el conocimiento validado.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y a la vez, nunca había sido tan difícil distinguir entre conocimiento, opinión, propaganda y entretenimiento.
Tenemos bibliotecas enteras en un teléfono, inteligencia artificial capaz de responder preguntas complejas y acceso inmediato a lo que ocurre en cualquier lugar del planeta. Sin embargo, la abundancia de información no ha producido una sociedad más informada, en el inmenso mar de conocimiento disponible en las redes y a pesar de tener información científica y verificada, Hoy día es más importante la opinión que, expresada con seguridad, tiene más valor social que el conocimiento construido durante años.
Las redes sociales transformaron la manera de informarnos, relacionarnos y participar. Los algoritmos favorecen lo que genera interacción: indignación, miedo, polémica y enfrentamiento. Por eso vale más una afirmación subjetiva, que si se expresa de manera contundente alcanza a miles de personas en segundos y las convence, mientras una investigación rigurosa pasa inadvertida. Confundimos popularidad con autoridad y visibilidad con conocimiento.
La política es uno de los ejemplos más evidentes. El candidato que mejor comunica supera al que mejor conoce los problemas; el discurso provocador se impone sobre el argumento sólido y una frase de pocos segundos tiene mayor impacto que un programa de gobierno.
El fenómeno también ocurre en la educación. El estudiante encuentra en segundos una respuesta en internet, pero eso no significa que haya aprendido.
En la salud, las consecuencias son más delicadas. Una experiencia personal publicada en redes adquiere más credibilidad que la explicación de un profesional. Los rumores de tratamientos sin evidencia y las teorías conspirativas circulan fácilmente en la red, convenciendo al que no tiene capacidad de identificar información sesgada.
En las empresas sucede lo mismo. Las decisiones se toman por tendencias, frases de moda, antes que por análisis, datos y experiencia. Se habla de innovación, liderazgo, inteligencia artificial sin profundizar en sus implicaciones.
En la cultura una obra, un libro, una película o un personaje son juzgados por unos segundos de contenido viral. El contexto desaparece y la interpretación inmediata reemplaza la investigación.
La consecuencia general es una sociedad muy emocional y poco reflexiva, preocupada por tener razón. La velocidad se ha convertido en virtud y la pausa en debilidad. Reaccionamos antes de comprender y compartimos antes de verificar.
Por eso necesitamos una nueva alfabetización. Debemos aprender a verificar fuentes, identificar manipulación, distinguir evidencia de opinión, reconocer nuestros propios sesgos y comprender que no todas las afirmaciones son ciertas.
También necesitamos recuperar los espacios donde el conocimiento se construye colectivamente: escuelas, universidades, bibliotecas, museos, centros culturales, organizaciones comunitarias, cineclubes y asociaciones. Allí se aprende algo que ninguna plataforma puede garantizar: escuchar al otro, argumentar, disentir y convivir.
La cultura y la memoria tienen además una función fundamental. Una sociedad que conoce su historia compara, cuestiona y aprende de sus errores. Una sociedad sin memoria se manipula con facilidad porque cada acontecimiento parece nuevo y cada opinión se presenta como verdad.
Como dato preocupante desde esta perspectiva, la inteligencia artificial y las redes serán más poderosas y la información seguirá creciendo, acrecentando el poder de la subjetividad y cada cual seguirá viendo lo que coincide con sus sesgos de confirmación, llevando cada vez aun lugar más lejano el conocimiento validado.
El desafío en esta sociedad sobresaturada de información, será desarrollar mejores criterios para interpretarlos. El futuro dependerá de nuestra capacidad para recuperar el valor de estudiar, investigar, leer, preguntar, pensar, para finalizar es cierto que opinar es un derecho. Pero antes de opinar es una responsabilidad, conocer, verificar y pensar.
*Diego Sáenz Reyes