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Con sabor a empatía

Don Joel, un taquero de Guadalajara, convierte la confianza y la empatía en una lección de humanidad frente al egoísmo y la cultura del éxito a cualquier costo.

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“No, no, no mijo. Primero vaya y coma, luego me paga”. Esa fue la respuesta de don Joel al pedirle la cuenta. Lleva 40 años atendiendo en la misma esquina del barrio Ciudad Granja, en Guadalajara, y sigue haciéndolo de la misma forma: una sonrisa que parece dibujada, fija en su rostro, infinitamente llena de autenticidad. Con la confianza como principal activo.

Por: Rodrigo González Márquez*

Al final, luego de tres intentos por pagar los tacos más increíbles que he comido, don Joel dice: “¿cuántos tacos te comiste, mijo?”. Pude haberle contestado cualquier número, su confianza reinaría sin duda. Quise premiarle, por lo que le dije que diez, aunque en realidad habían sido seis. “Ya está”, me dijo, “son 200 pesos”.

Este bello ejemplo de empatía, que agradezco enormemente a la vida por ponerlo en mi corto viaje a México, nutre desmedidamente la fe en la humanidad. Había en él un real interés por el bienestar del otro, de confianza entre seres humanos; un afán de alimentar no solo con tortillas y chile a su clientela, sino al ser humano. Estas muestras genuinas de fraternidad son minadas diariamente con una especie de códigos tipo “leyes de calle” que hemos creado a partir de nuestra carrera hacia el éxito: la del más fuerte, la del más vivo, la del talión, o la tristemente afamada, especialmente en los círculos del poder criollo, la del embudo.

Don Joel no necesitó estudios avanzados de códigos de derecho o una especialización en constitucional. La empatía le sirve como guía infalible de vida. Apuntar a que existan más “Joeles” en el mundo no es romanticismo ingenuo, es una necesidad política y social. Hoy el éxito no puede seguir midiéndose por la capacidad de escalar a costa de otros. Anteponer el cuidado genuino termina siendo un acto de rebeldía. El tejido social debe sostenerse con decisiones en el día a día que apunten a ver a los demás como personas, no con un signo de pesos o como una amenaza constante.

Para ello es necesario reemplazar esas leyes de calle. Tejer una nueva cultura de entendimiento de las relaciones entre humanos, además de pasar un buen rato disfrutando una comida rápida, trae la humanización en varios niveles. La astucia empresarial, el narcisismo de grupo y la corrupción son los vivos ejemplos de la victoria del egoísmo sobre lo comunitario.

La apuesta es clara: la esperanza de un mundo más llevadero no puede sostenerse exclusivamente en el actuar de los líderes que detentan el poder. Aunque el llamado urgente los involucra de manera directa, la corresponsabilidad de nosotros, los que estamos en la base de la comunidad, es vital. Desde casa, desde el colegio, desde la esquina del barrio debe impregnarse la confianza y la empatía como leyes naturales y guías de relación. La interacción entre humanos debe ser mediada por el afán del cuidado del otro. La reacción ante la posición o idea diferente a la mía no puede ser violenta. El afán por tener no debe reinar, especialmente entre quienes administran lo público.

Al final del día, la lección de don Joel es tan simple como revolucionaria: frente a una cultura gestada por un sistema que nos empuja progresivamente al egoísmo, a acaudalar y a pisotear en nombre del éxito, apostar por el cuidado mutuo es la carta de salvación. Es momento de barajar esas cartas. Es urgente que los liderazgos tiendan puentes de unión y respeten lo que es de todos. Pero también necesitamos padres que enseñen con el ejemplo, docentes que guíen y “Joeles” que alimenten con sus actos nuestra alma, para encontrar así la verdadera esencia del ser humano: la empatía. *Docente y consultor en Manejo de conflictos