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Mi rutina, su condena

El texto contrasta libertades cotidianas de una mujer con las prohibiciones impuestas a las afganas bajo el régimen talibán.

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El texto contrasta libertades cotidianas de una mujer con las prohibiciones impuestas a las afganas bajo el régimen talibán.

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Esta mañana vi un TikTok de una chica grabándose mientras hacía actividades que nosotras podemos hacer solo porque no estamos en Afganistán. Probablemente damos por sentado mucho de lo que hacemos porque ya tenemos esos derechos, pero hay mujeres en el mundo que no pueden.

Hoy, viernes 10 de julio, me levanté y decidí usar una falda por encima de las rodillas. Bajo el código de vestimenta talibán, las mujeres deben ir cubiertas de pies a cabeza; incluso mostrar los tobillos está prohibido. Abro la ventana y me asomo a mirar el paisaje: solo mostrarse en público sin estar cubierta —especialmente desde ventanas o balcones— acarrea una reprimenda de sus familiares varones. Me arreglo y me maquillo para ir a la oficina; ellas no pueden usar ningún tipo de maquillaje ni mostrar el rostro. Salgo de mi casa, voy a mi carro y manejo sola hasta el trabajo. Las mujeres tienen prohibido manejar un vehículo, no pueden salir sin la compañía de un familiar varón y tampoco pueden trabajar.

Al llegar al trabajo saludo a mis compañeros, les cuento cómo me fue el día anterior y nos reímos de algunas cosas que pasaron. Las mujeres no pueden hablar en espacios públicos, no pueden estar en un lugar con varones que no sean de su familia y no pueden reír. En mi descanso de mediodía leo El cuento de la criada de Margaret Atwood mientras como lo que quiero junto a algunos de mis compañeros. Ellas no podrían leer un libro escrito por una mujer, ni comer con compañeros varones, ni siquiera elegir libremente qué comer, cuándo y con quién.

Al salir del trabajo voy al salón de belleza a arreglarme las uñas. Los talibanes ordenaron el cierre de los salones de belleza. Después voy al gimnasio, donde hago clase de rumba y ejercicios de fuerza. Las mujeres fueron excluidas de cualquier actividad deportiva; tienen prohibida la entrada a los gimnasios y, además, no pueden escuchar música ni agruparse en espacios públicos.

Al llegar a casa preparo mi comida y me conecto a mi clase de especialización virtual. Las mujeres no pueden asistir ni a la escuela primaria, mucho menos a la educación superior, y tienen restringido el acceso a wifi y a dispositivos con cámara. Publico en mi Instagram fotos de mi clase de rumba antes de dormirme. Para las mujeres afganas está prohibido ser fotografiadas o filmadas.

Básicamente, mi día entero sería penalizado con azotes, como mínimo, bajo el régimen talibán; por varias de estas acciones hay mujeres enfrentando años de cárcel. Estas prohibiciones comenzaron el 15 de agosto de 2021; es decir, hace casi cinco años. Antes de eso, las mujeres afganas podían hacer lo mismo que yo.

Simone de Beauvoir lo advirtió hace décadas “bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados; nunca se dan por adquiridos, y hay que permanecer vigilantes toda la vida”. Cuando Margaret Atwood escribió El cuento de la criada, muchas la leyeron como ciencia ficción ¿qué tan lejos podíamos estar de un régimen que le arrebata a las mujeres su nombre, su cuerpo, su voz, sus libros? La respuesta no está en una novela. Está a un vuelo de distancia y a cinco años de retroceso: en agosto de 2021, cuando los talibanes retomaron Kabul, millones de mujeres que hasta esa mañana iban a la universidad, manejaban su auto, se maquillaban para ir a trabajar y publicaban fotos en Instagram, despertaron al día siguiente en Gilead. No hizo falta ficción. Hizo falta una guerra que terminara mal.