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El turismo sexual

Colombia enfrenta el auge del turismo sexual, impulsado por la permisividad, la crisis de valores y su rentabilidad económica.

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Colombia se convirtió en destino turístico sexual. Se volvió habitual que el País reciba numerosos ciudadanos extranjeros, en su mayoría hombres que, vienen en búsqueda de servicios sexuales de toda índole; desde relaciones con prostitutas de oficio, con mujeres que prestan servicios sexuales disfrazados de damas de compañía, otras que ofrecen servicios en plataformas digitales y, por supuesto, también buscan servicios sexuales suministrados por hombres.
Por: León Ferreira

Estos turistas son atraídos por la grande oferta de este tipo de servicios marginales, la tasa del cambio del dólar frente al peso colombiano y la permisividad que existe por parte de las autoridades nacionales para con este tipo de prácticas. Desde luego que, en menor proporción, también hay mujeres que visitan el país con las mismas intenciones. Las noticias diarias sobre la materia son frecuentes.

Hay tres aspectos que son torales en el auge del turismo sexual. El primero, la pasividad de las autoridades frente al fenómeno, particularmente, en lo que atañe a Migración Colombia e Interpol Colombia, dado que, no devuelven a todo aquel visitante sospechoso, por el contrario, Colombia, país de puertas abiertas. Todo aquel que quiera venir a Colombia puede entrar “Como Pedro por su casa”, quizás, rezago de esa mentalidad de inferioridad del colombiano promedio que, considera a todo lo foráneo como superior, e incluye también a las personas.

El segundo aspecto, la crisis de valores que atraviesa la sociedad colombiana. La putería está al alza, se volvió moneda de cambio de aceptación total. Antes se repudiaba públicamente, así fuese con hipocresía, pero había rechazo social. Hoy día, lamentablemente, no es así. La putería da estatus y recibe cobijo en las famosas redes sociales, motivo de emulación. Por putería no sólo debe entenderse la prostitución y la sexualización en los medios, se debe incluir a quienes se dedican a la industria de la pornografía, disfrazados de “artistas” y quienes se promocionan en plataformas digitales bajo el argumento que sólo exhibirse semidesnudos en web cam no es prostitución, ni degradación. Caldo de cultivo que ha estimulado una vigorosa oferta de estos servicios.

El tercer aspecto es económico. Es innegable que la industria del turismo sexual mueve muchísimo dinero. Pese a que no hay cifras oficiales al respecto, dadas la penumbra e informalidad que cubre este tipo de prácticas, sí hay cifras oficiales sobre el turismo general en Colombia, se estima que para el año 2025 las divisas fueron cercanas a 14.000 millones de dólares. Lo cual permite, hacer cálculos especulativos, sobre cuánto de esa cifra provino de turistas sexuales, en atención a que ellos, utilizan los mismos servicios que emplean la mayoría de los visitantes, tales como, transportes aéreos y terrestres, hospedajes, restaurantes, sitios de entretenimiento, mercados locales e incluso, servicios médicos, según el caso.

El nuevo Gobierno colombiano debe poner coto al turismo sexual. Tomar el liderazgo para eliminarlo por medio acciones y proyectos legislativos que apunten a su prohibición total, verbo y gracia, medidas drásticas como extinción de dominio para los propietarios de inmuebles y operadores turísticos que faciliten estas prácticas, sumado a gravar con altas tasas a quienes presten servicios sexuales vía plataformas digitales. Colombia no puede ser vendida al mundo como una vitrina para la putería y sus ciudades promovidas como lupanares a cielo abierto. Se hace imperioso que, en los terminales migratorios y en consulados en el exterior se inicien campañas pedagógicas contra el turismo sexual.  

Si Colombia realmente quiere ser un País grande, libre, soberano, con equidad y justicia social, debe empezar por ponerle fin al turismo sexual en todas sus modalidades; todo lo demás es hipocresía. Colombia no puede convertirse en paraíso para la libre circulación de turistas de servicios sexuales.