Derechos de papel y deudas de mármol por saldar
La historia de James Armistead expone la contradicción entre los derechos proclamados y su falta de garantía real.
La historia de James Armistead expone la contradicción entre los derechos proclamados y su falta de garantía real.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Por: Rodrigo González Márquez*
Hoy 4 de julio se recuerda la declaración de independencia de los Estados Unidos, y con ello las pequeñas historias cobran vigencia. Una de ellas es la de James. Así, James a secas era como lo conocían en casa y en los campamentos de Batalla.
Los apellidos vinieron después, tras una larga y tortuosa lucha. Armistead se le impuso por William Armistead, su amo. Lafayette, fue escogido mucho tiempo después por el mismo James, el esclavo de Virginia que voluntariamente se adhirió al ejército continental al mando del Marqués de Lafayette.
La historia de los Estados Unidos le debe mucho a los generales que lucharon, a su primer presidente George Washington, pero la deuda se vuelve infinita con quienes se atrevieron a las tareas más osadas y determinantes en la victoria por la independencia, los espías. James fue uno de ellos, y no cualquiera. De manera audaz, pero particularmente temeraria, supo acercarse al bando contrario, entre otros al célebre “traidor” Benedict Arnold, para luego contarle con detalle a Washington los movimientos a ejecutar en Yorktown. Ventaja que fue determinante para la victoria continental que decantaría la real independencia, pues lo firmado el 4 de julio de 1776 era simplemente un logro de papel.
Lejos estaba James de hacer palpable lo escrito en los primeros párrafos de la Declaración de independencia. Aquella frase que reza “sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, no aplicaba para él. Muchos años en tribunales, un encuentro fortuito con el General Lafayette, y una renuencia sorda a aceptar la designación eterna de un amo, lo llevó finalmente al goce de su libertad.
Hoy, dos siglos y medio después, las libertades y goces de derecho siguen siendo una paradoja en nuestros territorios. La travesía de James es un espejo incómodo de nuestra realidad. Los derechos no los garantiza la tinta. Ni el mármol ha sido capaz de sostener promesas. Es la voluntad y moral de quienes legislan, ejecutan, y administran justicia lo que determina su validez. Montañas de artículos constitucionales, leyes, decretos, resoluciones, tratados internacionales adscritos, instituciones, Ministerios, oficinas, secretarías departamentales y municipales, una lista interminable de instancias, solo son herramientas que ante la carencia de manos que sepan labrar, son igual de efectivas a una pala en casa de empeño.
Estamos a 20 días de recordar nuestro propio grito de independencia. Aquel que llevaba los sueños y las vidas de miles por tener la dignidad como baluarte nacional. Ese mismo día se posesionarán 285 congresistas elegidos por la voluntad popular. Y en un abrir y cerrar de ojos, el presidente electo se colgará la anhelada banda tricolor que lo designará solemnemente como el principal mandatario ejecutivo de nuestra nación. Mas allá de la estridencia y folclor de los desfiles, bailes y celebraciones, es momento de analizar el uso dado a las herramientas construidas para el aún vigente grito por la independencia y la garantía de los derechos. Es momento de encarar las deudas que tenemos con esos primeros artículos constitucionales. Es momento de ponerle un alto definitivo a la desesperanza de los James, de los Juan José Rondón, de los Pedro Pascasio Martínez, y de los casi 26 millones de colombianas y colombianos que depositaron su visión de país las pasadas elecciones (y por supuesto, de los que no cumplieron el deber).
*Docente y Consultor en manejo de conflictos X: @rodrygonzalezma