Suscribirse Iniciar sesión
Portada / Opinión/ De la semana por la Paz y los Derechos Humanos
Opinión

De la semana por la Paz y los Derechos Humanos

La paz no es solo ausencia de guerra: exige diálogo, empatía y formación para resolver diferencias sin violencia.

Únete a nuestro canal de WhatsApp Recibe lo más importante de El Frente al instante
Resumen con IA

La paz no es solo ausencia de guerra: exige diálogo, empatía y formación para resolver diferencias sin violencia.

Próximamente

Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.

Próximamente

El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.

Generado con IA · puede contener errores, verifícalo antes de compartir.
Línea del tiempo · IA
····

··········

····

········

Generado con IA · puede contener errores, verifícalo antes de compartir.

Esta semana participé en el Foro que dio apertura al mes por la Paz en el departamento de Santander. El encuentro se dio en el agradable “Central Park” de Uniciencia, cuyo título que engalanaba fue “voces que construyen paz, verdad, justicia y reconciliación”.

Hace poco más de diez años habría sido absolutamente improbable tener los contertulios que me acompañaron: una lideresa víctima del conflicto armado, un ex integrante de un grupo al margen de la Ley, un ex miembro de la fuerza pública que ahora comparece ante la Jurisdicción Especial para la Paz, y una magistrada de dicho componente jurídico creado en el marco del Acuerdo de Paz. Al final, una imagen resumió el encuentro: un abrazo conjunto de tres personas que protagonizaron, desde diferentes roles, parte de lo que ha sido este conflicto y flagelo sempiterno en nuestro país. 

La reflexión inmediata, y un tanto esperada, apunta a la facultad que tiene la institucionalidad de liderar y propiciar, a partir de su propio andamiaje, la reconciliación. Más que plausible, dicha conclusión resulta necesaria. Pero el reto es mucho más grande si queremos hablar de verdaderas y tangibles posibilidades de paz.

Apagar fusiles es una bendición, nadie duda de eso. Sin embargo, la paz no se reduce a la ausencia de acciones bélicas; es mucho más compleja que eso. Johan Galtung, uno de los principales referentes académicos sobre conflictos y paz, teje su tesis alrededor de la necesidad de ir un poco más allá de la violencia directa (gritos, golpes, balas). Detrás de ella existen estructuras y patrones culturales que la pueden reproducir eternamente, incluso, sin la existencia o uso de las armas.

El reto está en trabajar desde un enfoque más holístico e integral. La violencia se expande y se encoge como una banda de hule cuando la cultura termina adoptando la fuerza como forma legítima de resolver los conflictos.

Una sociedad que no interioriza el diálogo como la forma natural de tramitar las diferencias, estirará esa banda hasta donde la institucionalidad lo permita. Exigirá el uso de la fuerza como el principal antídoto; demandará castigo ante la falta; buscará, hasta lo profundo, la retribución con dolor, cuál renovada ley del talión.

Estas formas de fe en lo bélico para hallar orden y convivencia ciudadana no son matemáticamente sinónimo de autoridad. Una sociedad pacífica no es aquella que necesita recurrir permanentemente a la fuerza, sino aquella que resuelve sus diferencias antes de llegar a usarla.

Lastimosamente esto no es innato; debemos formarnos en habilidades comunicativas que generen interacciones genuinas de ideas y puntos de vista a partir de la escucha activa. La fórmula se perfecciona con la lectura del “otro” como ser humano y no como rival.

La fuerza será necesaria, muy seguramente, pero solo en casos de desadaptación social, una vez que la base institucional ofrezca garantías, y la comunidad esté empoderada en la cultura del diálogo. Al final, un joven con habilidades para argumentar, pero también para escuchar; con capacidad para defender sus ideas, pero también para comprender las del otro; con empatía cultivada como rasgo de su personalidad, tendrá mayores posibilidades de convertirse en un adulto pacífico.

Quizás algún día no dependamos de tantos códigos, tanta jurisprudencia, o de un constante abultamiento del bloque de constitucionalidad que nos esté recordando vía imposición la debida postura y comportamiento. Quizás algún día sea natural ser solidario y genuino en el relacionamiento comunal. Ese día, será suficiente regirnos con el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”

*Docente y consultor en DDHH y Manejo de conflictos  X: @rodrygonzalezma