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De frustraciones, decisiones y violencias impulsivas

La rutina y las decisiones propias pueden llevar a una esclavitud moderna que alimenta frustración y violencia impulsiva.

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La rutina y las decisiones propias pueden llevar a una esclavitud moderna que alimenta frustración y violencia impulsiva.

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Por Rodrigo González Márquez*

Hace poco leí a Primo Levi en su afamada obra “Si esto es un hombre”. Relata sus vivencias en un campo de concentración nazi que da para asombros, tristezas, muchísimas reflexiones y, por supuesto, vergüenza. En esta ocasión quiero enfocarme en algo puntual que me hizo pensar en la voluntariedad que tenemos para esclavizarnos hoy, casi un siglo después, y no porque alguien más nos obligue, sino por voluntad propia. No es la intención comparar una barbarie como la vivida en dichos tiempos, sino reflexionar en la absorción que nos causamos día a día persiguiendo objetivos que caen en una especie de remolino sin fondo, hasta suprimir, casi sin darnos cuenta, nuestra verdadera libertad y sueños.

 

Auschwitz podría leerse como un experimento en el que una comunidad es encerrada y obligada a trabajar con fuertes controles. Hoy, nos preparamos y buscamos formas de emplearnos para… —ahí viene la gran pregunta— ¿para qué? Una vez logramos con esfuerzo ser empleados, o crear nuestra empresa, comienza una rutina que en muchos casos (hay excepciones, muchos son felices) genera frustraciones más temprano que tarde. Al final del remolino, la realidad es que se termina yendo a diario a sitios a los que no queremos ir, a trabajar en algo que no queremos hacer, y sin que alguien haga el uso de la fuerza para que lo hagamos; al menos una fuerza de otro ser humano; lo hacemos “voluntariamente”. Sin embargo, hay fuerzas invisibles que hacen la labor de “empuje”: obligaciones financieras, por ejemplo. Más triste es el caso en el que la deuda obedece a la compra de un vehículo para ir más cómodos a ese lugar al que no queremos ir. Entonces, a final de cuentas, la pregunta inicial hace mella: ¿para qué?

 

El valor de la libertad no tiene calculadora legítima. Es hora de analizar esta esclavitud moderna, como diría Han, y no desde el “romanticismo” de vivir feliz, sino por responsabilidad social. Esas frustraciones que deja el remolino sin fin se convierten en la batería del motor impulsivo de la violencia. Vamos tarde al trabajo al que no queremos ir, una moto nos cierra el paso y todo el peso de la frustración lo descargo en el pito y el improperio. Asisto al estadio y, ante la primera pelota errada del delantero, los insultos afloran con toda la capacidad pulmonar. O simplemente llego a casa después de las ocho horas de estancia en el lugar indeseado y, ante el primer grito o queja del hijo, el regaño y el castigo hacen gala con su mejor atuendo.

 

La violencia impulsiva es quizás el efecto del cúmulo de frustraciones; pero lo complejo e inverosímil del asunto es que son producto de nuestras propias decisiones. Ahí está la clave; así como una ley puede ser modificada por otra, una decisión propia puede ser reemplazada por uno mismo. Al final del día, quienes nos rodeen celebrarán o sufrirán a nuestro lado; depende de la pausa que hagamos, la razón que implementemos, y la decisión que tomemos.

 

Memento mori: Es mejor ponerse rojo cinco minutos, que colorado toda la vida

 

*Docente y Consultor en Negociación y manejo de conflictos X: @rodrygonzalezma