Barichara, entre la ausencia de agua y su turbiedad lleva 40 años
Resumen
Barichara enfrenta desde hace 40 años agua turbia y sin tratamiento adecuado por fallas en la fuente, la planta y la gestión institucional.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
En las calles de piedra de Barichara, donde el tiempo parece avanzar con la calma de una postal intacta, el agua no corre con la misma pureza que la imagen que proyecta. En los últimos días, más de 6.800 habitantes han vuelto a enfrentarse a una escena que se repite con regularidad: abrir la llave y encontrar un líquido turbio, con olor penetrante y tonalidades que oscilan entre el verde y el café, como si la naturaleza hubiera decidido filtrarse sin permiso en las tuberías. Así llevan entre la ausencia de agua y su turbiedad los patiamarillos llevan cuatro décadas.
Por Camilo Ernesto Silvera Rueda - Redacción Política / EL FRENTE
La coyuntura adquiere una dimensión aún más incómoda por su cercanía temporal con un hecho que parecía anunciar un giro. Hace apenas unos días, este mismo municipio fue sede de un encuentro de alto nivel que reunió a magistrados de la Corte Constitucional de Colombia, líderes sociales, defensores de derechos humanos y representantes académicos y administrativos de Santander.
La cita, enmarcada en la Agenda Estratégica del Agua impulsada por ProSantander, buscaba precisamente construir consensos y voluntad política para resolver una crisis hídrica que ya no admite diagnósticos repetidos. La escena parecía cuidadosamente coreografiada: instituciones, territorio y comunidad sentados en la misma mesa para cerrar una deuda histórica.
Desafío tras desafío
Pero mientras se hablaba de soluciones estructurales en auditorios y mesas técnicas, en los hogares el problema seguía fluyendo sin tratamiento.
Las visitas técnicas realizadas en ese contexto confirmaron lo que los habitantes conocen desde hace décadas, aunque ahora con una evidencia más cruda. La represa de El Común, principal fuente de abastecimiento, tiene su punto de captación en el fondo, lo que arrastra sedimentos y lodo difíciles de tratar.
La planta existente no logra responder a la demanda, opera por encima de su capacidad y mantiene filtros saturados que han dejado de cumplir su función. El resultado no es una falla puntual sino un sistema que lleva años funcionando al límite, como una maquinaria que nunca fue diseñada para la carga que hoy soporta.
La alternativa, la represa de La Laja, ya no ofrece margen de maniobra. Su nivel crítico la ha convertido en un recurso prácticamente inservible, cerrando el círculo de vulnerabilidad en un municipio que depende de fuentes cada vez más frágiles.
El alcalde Milton Chaparro Jiménez ha insistido en que el desafío no radica únicamente en encontrar agua, sino en garantizar una fuente estable y tratable, un objetivo que ha sido perseguido sin éxito durante más de dos décadas. La afirmación deja al descubierto una paradoja estructural: Barichara no padece escasez absoluta, sino una incapacidad histórica para transformar el recurso en agua apta para el consumo humano.
Desde ProSantander, la lectura coincide en que el cuello de botella no está en la disponibilidad sino en la infraestructura y la gestión. La falta de una planta moderna y la ausencia de articulación entre actores han convertido el problema en un ciclo que se repite con distintos protagonistas pero idénticos resultados.
En medio de ese panorama, existen soluciones que ya no pertenecen al terreno de las ideas sino al de los proyectos formulados. Una de ellas contempla el uso de una bomba donada por Ecopetrol, capaz de transportar 20 litros por segundo desde el río Suárez hasta el casco urbano. El obstáculo no es técnico sino financiero: se requieren cerca de $2.000 millones para instalar la tubería necesaria, una cifra modesta frente a los impactos que podría generar.
El segundo proyecto, de mayor envergadura, propone la construcción de una planta de tratamiento en la represa El Común, con capacidad de 52 litros por segundo y una inversión de $12.600 millones, actualmente en trámite ante el Ministerio de Vivienda. De concretarse, marcaría el fin de una anomalía que ha acompañado al municipio durante cuatro décadas: la distribución de agua sin tratamiento.
La persistencia del problema en un destino reconocido como uno de los más atractivos del país no es un detalle menor. Barichara ha sido promovido durante años como el “pueblo más lindo de Colombia”, una etiqueta que impulsa su economía turística pero que contrasta con la experiencia cotidiana de sus habitantes. La presión de la población flotante, especialmente en temporadas altas, incrementa la demanda sobre un sistema que ya opera al límite, tensando aún más una infraestructura debilitada.
Hoy lo que quedó en evidencia durante el encuentro reciente es que la crisis también tiene raíces en la gobernanza. La falta de coordinación institucional, la débil planificación del uso del suelo y la gestión insuficiente de las cuencas han impedido que las soluciones avancen al ritmo que exige la realidad. El diagnóstico es conocido, pero su repetición constante comienza a erosionar la confianza de la comunidad.
Administrar para el territorio
La situación adquiere un carácter regional cuando se considera que la represa El Común también abastece a municipios como Villanueva y Cabrera. Cualquier falla en este sistema no se queda en Barichara, sino que se expande como una onda silenciosa que compromete la salud pública de toda la subregión. A esto se suman tensiones con territorios vecinos como Galán, donde la negativa a compartir recursos hídricos evidencia la fragilidad de los acuerdos intermunicipales en contextos de escasez.
En Colombia, según datos del propio sector de agua potable y saneamiento básico, aún persisten brechas significativas en zonas rurales donde el acceso a agua segura no alcanza cobertura total, una realidad que contrasta con los estándares urbanos y que ubica casos como el de Barichara en una zona gris entre desarrollo turístico y rezago estructural.
La imagen de un destino admirado por su arquitectura y su historia convive así con una rutina doméstica marcada por la incertidumbre. El reciente encuentro de alto nivel dejó sobre la mesa la posibilidad de romper ese ciclo, pero también evidenció que la distancia entre la voluntad política y la ejecución sigue siendo el verdadero terreno donde se define el futuro del agua en Barichara.
La versión de la ESANT por
la pésima calidad de agua
La alteración en el color, olor y sabor del agua que hoy preocupa a los habitantes de Barichara tiene una explicación técnica que confirma el deterioro estructural del sistema de abastecimiento. De acuerdo con Isidro Ardila, profesional de apoyo de la ESANT, la situación se originó tras el agotamiento de la fuente hídrica que tradicionalmente surtía al municipio, lo que obligó a recurrir a una alternativa con condiciones fisicoquímicas distintas.
La nueva fuente, según explicó el funcionario, presenta altas concentraciones de hierro, un elemento que modifica de manera evidente las características del agua. Esta variación no solo impactó la calidad del líquido en su estado natural, sino que desbordó la capacidad de la planta de tratamiento existente, la cual no está diseñada para procesar este tipo de carga mineral. El resultado es un sistema que recibe agua con propiedades complejas sin contar con la tecnología necesaria para estabilizarla antes de su distribución.
Ardila precisó que el agua contiene hierro en estado ferroso, una forma soluble que, al entrar en contacto con el oxígeno, se transforma en hierro férrico. Este proceso de oxidación genera compuestos insolubles que se manifiestan como partículas visibles, responsables de la coloración oscura que ha sido reportada por la comunidad. Sin un tratamiento adecuado, estos residuos no logran ser retenidos en los filtros y terminan llegando directamente a los hogares.
El reto técnico, explicó, consiste en inducir de manera controlada esa oxidación dentro del sistema, para luego retirar los sólidos mediante procesos convencionales como coagulación, floculación, sedimentación y filtración. Sin embargo, la infraestructura actual no permite ejecutar estas etapas con la eficiencia requerida, lo que limita la capacidad de respuesta frente a la nueva condición del agua cruda.
Ante este escenario, desde la ESANT se han planteado alternativas que incluyen la aplicación de métodos de oxidación química, particularmente mediante el uso de cloro, con el objetivo de acelerar la transformación del hierro y facilitar su remoción. También se evalúan esquemas de peroxidación que permitan estabilizar el proceso y garantizar resultados más confiables en la potabilización.
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