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Asesinato de Cristian Herrera fue un ataque contra el periodismo nacional

El asesinato de Cristian Herrera evidencia la violencia persistente contra periodistas en Colombia y las fallas del Estado para protegerlos.

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Han pasado seis días desde que se produjo el execrable asesinato del periodista Cristian Herrera, acto cobarde que no sólo impacta a Cúcuta, sino que resuena en toda Colombia.

Este trágico evento subraya que la violencia contra la prensa sigue latente, y que la protección estatal, cuando se ofrece, a menudo no llega, o lo hace tarde, incompleta o simplemente desbordada por la realidad.

Herrera no era un periodista cualquiera. Era un reconocido y premiado reportero judicial, forjado en una ciudad fronteriza donde el crimen tiene el control, la corrupción abre puertas y el miedo se convierte en norma.

Su historia refleja una verdad incómoda. En todas las regiones de Colombia, informar tiene un alto costo y el silencio parece ser el objetivo de quienes ostentan el poder, ya sea de manera ilegal o formal.

Pero esto se extiende por todo el país y los violento, de cualquier arraigo social, desde las más altas esferas hasta los bajos fondos, dan la orden de quitarse de encima esa ’telaraña’ incomoda.

La responsabilidad no recae únicamente en el tirador. También recae sobre una cadena de omisiones que involucra a las autoridades locales, a la Gobernación, a la Nación y a un sistema que promete protección, pero no garantiza la vida de nadie en absoluto.

A Cristian Herrera le habían asignado un esquema de seguridad. Pero aquí se genera la corroboración de una gran verdad, un grupo de guardaespaldas que no es efectivo no es un escudo, por el contrario, es un signo de fragilidad que atrae a los violentos.

Cúcuta ha lidiado durante años con el mercado ilegal, el narcotráfico, grupos armados, políticos corruptos y sicariato. En este contexto, cada asesinato público envía un mensaje brutal.

Se puede asesinar en un barrio residencial, frente a la familia de la víctima, y aun así se revisan las estadísticas como si el problema pudiera ser reducido a un simple tablero. No se puede.

La seguridad no se mide con discursos de ocasión, ni con balances que ignoran el terror cotidiano. La muerte de Herrera también revela otra herida nacional. En Colombia, el periodismo de investigación opera con recursos limitados, bajo presión constante y con protección insuficiente.

La tarea de arrojar luz sobre intereses oscuros sigue expuesta a la venganza de quienes prefieren permanecer en la sombra. Por eso su caso duele aún más, porque atacó a un hombre que desempeñaba un papel esencial para la democracia.

La reacción institucional fue rápida en palabras, pero eso ya no es suficiente. La Alcaldía, la Procuraduría, la UNP, el MiniJusticia y la Defensoría del Pueblo coincidieron en su rechazo.

Bien, pero el país no necesita más lamentos oficiales ni homenajes póstumos hipócritas. Necesita acciones concretas, capturas efectivas y responsables que enfrenten las consecuencias de estos actos cobardes.