¿Solo deporte? (II)
Las reglas sobre uniformes femeninos en varios deportes no buscan rendimiento, sino ajustarse a la mirada del espectador, imponiendo restricciones que objetualizan a las atletas.
Las reglas sobre uniformes femeninos en varios deportes no buscan rendimiento, sino ajustarse a la mirada del espectador, imponiendo restricciones que objetualizan a las atletas.
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En mi columna anterior comencé una serie sobre los conceptos que se han usado para explicar cómo se mira y se trata a las mujeres, a propósito del comercial de Sydney Sweeney en el que posa desnuda con accesorios deportivos y asegura que eso es “solo deporte”. Hablé del male gaze que Laura Mulvey describió en 1975, de cómo el cine construyó a la mujer como un objeto que se contempla y no como un sujeto que actúa, y de cómo esa lógica se trasladó a otros espacios, como la medicina. Hoy quiero hablar de qué pasa cuando esa mirada deja de ser una forma de ver y se convierte en norma. Porque en el deporte no solo se mira a las mujeres de cierta manera: también se les exige vestirse para esa mirada, y se les sanciona cuando no lo hacen.
Muchos de los deportes femeninos tienden a usar prendas más cortas que los masculinos: balonmano, voleibol playa, atletismo y gimnasia, entre otros. Esto es interesante porque la psicóloga Elizabeth Daniels, en su artículo “Sex Objects, Athletes, and Sexy Athletes”, ha estudiado cómo no existe una razón técnica para que ellas usen uniformes más cortos que los hombres: menos tela no afecta el rendimiento de las atletas, porque, de ser así, sus pares hombres también mejorarían con indumentaria más ajustada, y para ellos no funciona de esa forma.
Desde 1999 hasta 2012, el voleibol playa reguló que la prenda inferior de las atletas debía ser ajustada, cortada en ángulo ascendente (tipo bikini) y con un ancho lateral máximo de 7 cm. En 2012 la norma se modificó porque las mujeres con creencias religiosas específicas no podían competir bajo esas reglas, y se les permitió usar ropa más larga y con mangas.
El caso del balonmano es más delicado. El equipo noruego decidió usar shorts más largos que los reglamentarios porque le permitían moverse de forma más segura. La normativa exigía a las mujeres shorts ceñidos y a los hombres pantalonetas que no quedaran a más de 10 cm de la rodilla: a ellos se les limitaba lo corto y a ellas, lo largo. A las noruegas se les multó con 150 euros por jugadora, pero gracias a esa acción las reglas cambiaron y, a partir de octubre de 2021, pudieron comenzar a usar la indumentaria que las hiciera sentir cómodas. Lo paradójico es que ese mismo año multaron a la atleta paralímpica Olivia Breen porque su short de pista era muy corto e inapropiado; ella llevaba el short oficial de Adidas para la competencia.
En 2010, en el boxeo se sugirió a las boxeadoras usar falda porque “las mujeres no se distinguían de los hombres”; la federación china reprochó la decisión, y solo en 2012 se anunció que podían usar falda o short. En 2021, la jugadora británica de hockey Tess Howard mencionó públicamente que su selección la obligaba a usar una falda-short con camisa de compresión que le impedía respirar bien y correr, porque era el uniforme aprobado para su equipo; en 2024 le permitieron usar shorts. En Wimbledon, hasta 2023 se obligaba a los tenistas a vestir únicamente de blanco. Varias jugadoras habían pedido usar colores más oscuros para sentirse más cómodas durante la menstruación; ese año se les permitió usar una prenda inferior de color oscuro. Incluso, algunas recurrían a métodos anticonceptivos para no menstruar durante el torneo.
Ninguna de estas reglas buscaba mejorar el rendimiento; todas pensaban en quién mira. Y cuando el uniforme se diseña para el espectador, el cuerpo de la atleta se vuelve propiedad pública. De eso hablaré en mi próxima columna.