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Silencio de sabios

El artículo destaca que, en el amor, la mejor guía no viene de otros, sino de la introspección y el discernimiento personal.

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Todos los días, al despertar, Lácides Puertas encuentra un itinerario diferente de circunstancias para echarles mano, reflexionar y actuar. Este personaje extraído de la fantasía es un tanto reconocido por su inquieta imaginación, la misma que le despierta diseñar proyectos alucinantes al diluir sus fantásticas ideas con la materia. Dice el mismo poeta que a veces lo terrenal lo confunde porque escapa de la lógica, del sentido común, de la coherencia; y del amor, la demencia.

Doña Rosana es una bonita señora, separada e inquieta porque su amor habita entre la duda de lo que siente y lo que le sugieren los demás, sus “amigos”. Ella se despierta y se duerme con el choque entre sus sentimientos y los consejos que recibe. Por esto golpeó la puerta del poeta buscando un consejo sabio, ya que otro más sabio le sugirió que buscara sabiduría y aceptó. Se acercó al poeta en busca de su sabiduría segura de encontrarla, lejos de pensar que Lácides no regala más consejos que introspección, discernimiento y reflexión.

«¡Trágame tierra!», pensó el poeta. —Señora, ¡por Dios! ¿Viene usted a preguntarme qué debe hacer? ¿Acaso su corazón no le da señales? Yo no puedo sentirlas, tampoco pienso como él; mucho menos entiendo si su propósito es vivir para los demás. Solo usted, con introspección, discernimiento, reflexión y un tanto de intuición, puede elegir todo —dijo bastante inquieto el supuesto sabio a Rosana—. Nada puedo suponer, y si usted sí supone que su felicidad está en la “sabiduría” de los demás, entonces menos sentido tiene escucharme. Acérquese más a usted, porque la verdad es muy posible que de pronto esté expuesta a escuchar consejos de personas inexpertas en asuntos de amor; personas frustradas, resentidas, decepcionadas y, por qué no decirlo, envidiosas. Aquí me llega una duda, señora: ahora no sé quién es más osado entre usted y yo; de modo que mi mejor consejo es que no me escuche más de lo que usted siente, porque en el amor la sabiduría va de la mano al corazón y no en la razón de los demás. ¡Cuídese!

Sostiene Lácides que para abordar el tema de consejería es indispensable saber a quién elegir para escuchar, ya que él se siente impedido para aconsejar, opinar, guiar o instruir; orientar, aleccionar, dirigir, advertir o prevenir; avisar, indicar, persuadir, exhortar, proponer e insinuar, porque una cosa dice las estadísticas y otra el corazón. El amor no puede exponerse, y mucho menos ante quienes tienen más habilidades para destruirlo que para construirlo. —De modo, señora, que ya recibió mi aporte y es hora de hacer su propio trabajo, el que a usted le corresponde.

Por último, señora, si realmente quiere escuchar un consejo sabio y honesto, debe prepararse para escuchar lo que no quiere oír, porque con seguridad escuchará “consejos” de personas que viven amargadas, resentidas, envidiosas y maldadosas, eso no sería una buena opción; y recuerde el buen uso de la lealtad, porque a veces ella se disfraza de sabiduría con intenciones adversas.