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Opinión

La trampa del “vamos viendo”

La mayoría de negocios no fracasan por falta de pasión, sino por improvisar sin método, métricas ni planeación financiera.

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Por: Carmen Cecilia Orejarena Prada

Por qué la pasión sin planeación es solo improvisación cara. Existe una narrativa romántica y peligrosa en el ecosistema emprendedor que rinde culto al salto de fe. Se nos ha vendido la idea de que para construir una empresa exitosa basta con tener una idea disruptiva, una dosis inagotable de entusiasmo y la disposición para trabajar dieciséis horas al día. Sin embargo, cuando se revisan las frías estadísticas de mortalidad empresarial, la realidad emerge sin adornos: la inmensa mayoría de los negocios no fracasan por falta de pasión, sino por un exceso de improvisación elevado a la categoría de virtud.

En el lenguaje corporativo contemporáneo, la falta de método suele disfrazarse con eufemismos elegantes. Hablamos de «agilidad», de «pivoteo constante» o de «cultura de prueba y error». Sin embargo, seamos honestos: en muchos casos, no estamos ante una metodología iterativa rigurosa, sino ante la mera ausencia de una hoja de ruta. Navegar sin rumbo claro no es una muestra de audacia; es negligencia financiera y operativa.

Planeación no significa redactar un documento estático de cien páginas que terminará acumulando polvo en un archivo digital. Planear es, en su esencia más pura, un ejercicio de disciplina intelectual. Es la capacidad de someter las propias intuiciones al rigor de la lógica, el análisis de mercado y la viabilidad financiera antes de comprometer el capital propio o el de los inversionistas.

Un modelo de negocio maduro requiere responder con absoluta precisión preguntas incómodas que la euforia inicial suele ignorar: ¿Cuál es la estructura real de costos fijos y variables? ¿Cuál es el punto de equilibrio operativo? ¿Qué margen soporta la operación si los precios de los insumos aumentan un diez por ciento debido a la inflación o las disrupciones en la cadena de suministro? Si la respuesta a estas interrogantes se reduce a un autoindulgente "vamos viendo en el camino", el proyecto ya nace con un pronóstico reservado.

El verdadero peligro de no planear radica en la ilusión de productividad. Un equipo de trabajo puede terminar la jornada exhausto, habiendo resuelto decenas de urgencias cotidianas, y aun así no haber avanzado un solo paso hacia la sostenibilidad estratégica. Se confunde el movimiento febril con el progreso real. Sin un plan que defina las métricas prioritarias y los hitos de control, el emprendedor se convierte en un apagafuegos profesional, consumido por la operatividad inmediata y completamente ciego ante las dinámicas estructurales de su entorno.

Además, la falta de planeación dinamita la capacidad de escala. Un negocio que funciona sobre la base de la improvisación depende exclusivamente del talento o de la presencia física de su fundador. Sin procesos estructurados, delegar se vuelve imposible y la expansión se transforma en un caos operativo que destruye el valor del cliente.

La planeación estratégica es la herramienta que transforma la intuición en certidumbre operativa. Permite anticipar escenarios adversos, optimizar el uso de recursos escasos y establecer mecanismos de medición cuantitativa. Quien planea no elimina el riesgo —eso es imposible en una economía volátil—, pero sí decide conscientemente qué riesgos está dispuesto a asumir y qué contingencias tiene preparadas para responder.

Emprender es un acto de valentía incontestable, pero la valentía desprovista de estrategia es solo imprudencia financiera. Si usted lidera hoy una iniciativa empresarial, valdría la pena que hiciera una pausa antes de cerrar la jornada y se preguntara con absoluta sencillez: ¿su negocio responde a una estrategia deliberada o simplemente sobrevive a la inercia del día a día? De esa respuesta depende de que su proyecto sea una empresa sostenible o simplemente un experimento muy costoso.

*Educadora empresarial.