La democracia y sus símbolos
El nuevo Congreso de Colombia comenzó con renovación y una oposición fortalecida del Pacto Histórico.
El nuevo Congreso de Colombia comenzó con renovación y una oposición fortalecida del Pacto Histórico.
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Se instaló un nuevo Congreso en Colombia, caracterizado por un importante componente de renovación, en más de un 57%; también por la alta participación del Pacto Histórico, con 26 senadores y 44 representantes a la Cámara, que aumentaron sus curules y pasan ahora a ser la fuerza de oposición al nuevo gobierno.
Por: Jaime Arrubla
Lo más llamativo fue la coalición que se formó, espontánea o no, para la elección del nuevo presidente del Congreso donde, quien iba a creerlo, se juntaron los votos del Centro Democrático con los del Pacto Histórico, para descartar al candidato del nuevo presidente. El candidato del Centro Democrático obtuvo 56 votos, contra 45 que sacó el candidato del nuevo Gobierno. Primera derrota en el Congreso del gobierno entrante.
El Congreso de la República representa al pueblo de Colombia y es el símbolo mayor de la democracia; se dice que es la voz del pueblo, recinto donde se hacen las leyes que son la expresión de la soberanía popular, en su concepción más liberal; festival de la razón expresado por Robespierre en Notre Dame (1793).
Es precisamente, por ello, que las dos cámaras del Congreso, Senado y Cámara de Representantes se juntan por mandato constitucional en una sola, para dar posesión al Presidente de la República, en el Salón Elíptico del Capitolio Nacional, símbolo mayor de la democracia colombiana; de nuestra civilidad y del respeto que deben tener los gobiernos que comienzan, a la ley y al órgano que la produce, en la que se expresa la voluntad popular.
Pero además de hacer las leyes, el Congreso cumple otras muy sagradas funciones, como es la de ejercer el control político frente al poder Ejecutivo; servir de contrapeso al poder. Mala práctica y funesta pretensión, que los ejecutivos quieran cooptar al Congreso para suprimir el principal contrapeso democrático.
Con lo que se llama la “coalición de gobierno”, suprime el ejecutivo su principal control democrático. Esa coalición la forman con puestos en la administración pública, los cuales demandan los congresistas sin el menor recato; otros incluso más osados, piden contratos a cambio de sus votos para los proyectos del ejecutivo; es lo que se ha dado a llamar “la mermelada parlamentaria”, que en el gobierno que termina llegó a los extremos de corrupción conocidos como el escándalo de UNGRD que llevó al presidente saliente a tener que pedir perdón.
Por supuesto, que nos preocupamos cuando el ministro del Interior designado señaló públicamente que necesitaban armar esa coalición en el Congreso en favor del nuevo gobierno. Un gobierno democrático no debe pretender eliminar el principal contrapeso que le señala la Constitución; al contrario, debe estimularlo y respetarlo. Se pone en juego la independencia de los poderes públicos.
No es pues en vano que el presidente deba posesionarse ante el Congreso en pleno y en la sede del Congreso. Claro que la sede se puede cambiar por voluntad del mismo Congreso; pero hay que tener en cuenta el símbolo que entra en juego. No es lo mismo una misa en una Iglesia, que en un centro comercial.