La bendita pregunta que no responderé
La columna critica la obsesión por la identidad política, que reemplaza el debate por la confrontación y convierte la diferencia en enemistad.
La columna critica la obsesión por la identidad política, que reemplaza el debate por la confrontación y convierte la diferencia en enemistad.
Los puntos clave serán generados automáticamente por IA y revisados por la redacción de El Frente.
El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Por: Rodrigo González Márquez*
Desde hoy, me niego a responder la pregunta, “¿Rodry, y tú por quién vas a votar?”
Parece que no existe tema distinto a la confrontación presidencial. Para la muestra un botón: esta es mi tercera columna sobre el asunto. Las redes están saturadas. La charla en la casa, en la oficina, en el parque o en el transporte público gira en torno a lo mismo; incluso, algunos jueces de la República han ganado fama por decisiones emblemáticas que destacan más por su espectacularidad que por su calidad técnica o su significancia en la defensa de los Derechos. Todo, absolutamente todo termina vinculado a lo político. En principio no está mal; pero cuando el debate se ancla en el discurso identitario, oficialmente “perdimos el año”.
Alexander Douglas, filosofo australiano y músico - doble triunfo en la vida (con evidente envidia de mi parte) - advierte en su libro “Against Identity: the wisdom of escaping the self (desafortunadamente aún no hay traducción al español), la trampa que se gesta en la obsesión de encontrar y defender una identidad fija. Tendemos a creer que al adoptar una etiqueta estamos expresando libertad, cuando en realidad, nos ponemos un disfraz que obliga a renunciar a ella. Ejemplos hay a pedir de boca: hinchas de equipo, seguidores de ideologías, gremios, en fin.
La identidad según Douglas nace del afán de llenar vacíos a partir de una especie de “yo prestado” (borrowed self); lo expone como una frustración de no encontrar nada “solido” al interior nuestro, lo que nos empuja a buscar de donde agarrarnos. El problema no es pertenecer; lo peligroso es el anclaje identitario: el atrincherarnos en un discurso terco, de cerrar oídos a cualquier opción por fuera de las fronteras de la tribu y despreciar el diálogo para optar por la defensa violenta del rebaño.
En el caso de la política, la trampa de la identidad despliega peligros con suficiencia y arrogancia: no se debate sobre problemas reales, no se debate con ideas, no se debate con propuestas…no se debate sobre nada. El rebaño se va moldeando y extendiendo casi de forma orgánica: se adquiere una imagen, un slogan, ciertas frases para uso diario, y, lo más tenebroso, se talla con minucia la amenaza del “otro” – el que piensa distinto – para convertirlo en enemigo, en amenaza al bienestar del país. Nada más alejado de la realidad. Nada más peligroso para nuestra salud comunal.
Así se abre paso a respuestas reactivas, casi automáticas, con la violencia como protagonista ante la “opinión distinta”. Cuando la pregunta que inspira esta columna aparece en la conversación, solo tengo una certeza: si uno de los presentes responde con un candidato distinto al de preferencia del interrogador, el espacio se saldrá de control. Los rostros se tornan tensos, las cejas se alzan, los señalamientos cobran protagonismo, y el tono de voz se eleva como respondiendo a una inercia inevitable. Más temprano que tarde, la reunión de amigos, familiares o compañeros se traduce en una jauría troglodita.
En la mayoría de los casos no se espera una respuesta que abra el debate o la interacción de ideas. Solo se busca la coincidencia: la respuesta que valide la identidad escogida, que tranquilice los impulsos, que acalle la diferencia. Por eso queridos amigos, compañeros, familia, les dejaré esperando cada vez que me hagan la bendita – aunque casi siempre mal intencionada - pregunta.
Memento Mori: En tiempos de gritos, el silencio seguirá siendo una forma de sabiduría.
*Docente y Consultor en manejo de conflictos X: @rodrygonzalezma