Exhaustas, no débiles
El burnout en mujeres no es debilidad individual, sino el resultado de una sobrecarga estructural de trabajo, hogar y presión social.
El burnout en mujeres no es debilidad individual, sino el resultado de una sobrecarga estructural de trabajo, hogar y presión social.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Existe una generación de mujeres que creció escuchando que podía lograrlo todo. Se nos presionó para conquistar el ámbito profesional, alcanzar la autonomía económica, preservar la salud, cultivar una vida social vibrante, ser el pilar de nuestras familias y, por si fuera poco, proyectar una perenne imagen de éxito.
Por: Silvia Estupiñán Godoy
El error de cálculo radicó en que nadie nos advirtió sobre el costo mental y emocional que implicaría sostener semejante estructura de expectativas simultáneas.
Hoy, el burnout —o síndrome de agotamiento laboral— se ha establecido como una de las principales alarmas entre los profesionales jóvenes. No obstante, la evidencia demuestra que este flagelo no se manifiesta de forma equitativa entre géneros. Diversas investigaciones en América Latina revelan una marcada diferencia: mientras que los hombres suelen manifestar el estrés a través del distanciamiento o el desapego hacia sus labores, las mujeres registran niveles alarmantes de colapso emocional.
Esta realidad no resulta deficiente; es la constante que observo en amigas, colegas y conocidas. Viven en un estado de cansancio crónico, no por una falta de capacidades, sino porque sobre sus hombros converge la obligación de responder a exigencias laborales, domésticas y sociales que siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas.
En América Latina, la incorporación de la mujer al mercado laboral no ha venido acompañada de una redistribución justa de las tareas del hogar. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ya ha advertido sobre la persistencia de la precariedad y las brechas salariales. El resultado es que la doble jornada se ha convertido en una triple carga: se labora en la oficina, se trabaja en el hogar y, además, se ejerce una extenuante labor afectiva —organizar, mediar, contener y resolver—. Toda una arquitectura invisible de energía mental que jamás figura en un contrato de trabajo.
En Colombia, el panorama reproduce este mismo ecosistema de desgaste. Los estudios sectoriales evidencian una prevalencia preocupante de este síndrome, ensañándose con especial rigor en aquellas disciplinas vinculadas históricamente al cuidado de otros y los servicios de salud.
Más allá de la frialdad de las estadísticas, subsiste un fenómeno social perturbador: la normalización del agobio. Hemos aprendido a habitar en el cansancio. Validamos como natural el responder correos en horarios extemporáneos, experimentar una culpa paralizante durante el descanso o concebir la hiperproductividad como el único termómetro de nuestro valor personal. A esta situación se añade la presión de las redes sociales, ese mundo de ficción donde la vida de los demás parece perfecta. Eso solo aumenta la sensación de que nos estamos quedando cortos, incluso cuando ya estamos al límite de nuestras fuerzas.
Sería injusto obviar que el burnout y los problemas de salud mental también afectan a los hombres. Sin embargo, la brecha emerge al escrutar las cargas adicionales que la sociedad sigue delegando en las mujeres. El debate no estriba en competir por quién sufre más, sino en comprender que las experiencias son distintas y, por ende, las soluciones tampoco pueden ser análogas.
El mayor peligro del burnout es que suele ser diagnosticado como una falla individual, cuando en realidad constituye el síntoma de un problema estructural. No estamos exhaustas por debilidad; lo estamos porque intentamos cumplir con demandas sistémicas que crecen más rápido que nuestra capacidad humana de respuesta.
Creo que ha llegado el momento de dejar de glorificar el cansancio. El descanso no es un lujo que debamos ganarnos; poner límites no es una falta de compromiso, y pedir ayuda no es un signo de debilidad. Tal vez el verdadero logro de nuestra generación no sea demostrarle al mundo que podemos con todo, sino tener la madurez de reconocer que nadie debería verse obligado a hacerlo.