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El texto critica la baja calidad educativa en Colombia, señalando politización, improvisación y deterioro en la formación docente y universitaria.

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El texto critica la baja calidad educativa en Colombia, señalando politización, improvisación y deterioro en la formación docente y universitaria.

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Al observar los resultados de las pruebas Pisa en Colombia, cabe hacer una serie de observaciones. La increíble mediocridad que se encuentra en el País en muchos aspectos. Esto tiene varios motivos, en primer lugar, cabe mencionar la preparación de los maestros.

El principal centro de formación de docentes, la Universidad Nacional Pedagógica se ha convertido desde hace años en un foco de adoctrinamiento político, de fanatismo y odio, una verdadera guarida de rufianes, los cuales más de una vez intentaron incendiar un bus urbano con los pasajeros adentro. ¿Esos son los futuros educadores?

Otro aspecto nefasto, es la existencia de un enorme sindicato de maestros. FECODE, muy politizado y saturado de corruptelas, muy parecido al “Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación” de México; el cual, bajo la tiránica dirección de Elba Esther Gordillo Morales, esta dama llegó a desafiar presidentes y la corrupción llagó a extremos tales que los cargos docentes se vendían y se heredaban.  FECODE llegó hasta el abuso de financiar ilegalmente una campaña presidencial.

Los problemas en la educación superior también son muy serios. Hasta mediados del Siglo XX, la educación universitaria fue muy restringida, escasos claustros universitarios en la capital y algunas ciudades. A partir de los años cincuenta, las universidades se multiplicaron el número de estudiantes creció casi exponencialmente y las carreras universitarias aumentaron. Sin embargo, la calidad no tuvo un progreso proporcional, Siempre un interés marcado en los títulos, no en los conocimientos y la investigación.

A esta situación se sumó el triunfo de la Revolución Cubana, esto incidió en la politización fanática del estudiantado universitario. En medio de una bobería generalizada, los universitarios se ofrecían para ir a cortar caña a Cuba y peor aún muchos se incorporaban a las guerrillas. Los claustros se llenaron de agitadores, en lo cual hubo actitudes profesorales de tolerancia y aún de incitación. 

A todo esto, se agregó la fundación de muchas universidades de garaje, sin laboratorios y con personal docente improvisado. Se llegó al extremo de crear una facultad de Ciencias del Mar en ¡Bogotá! ¡Las tesis de grado dejaron de ser un trabajo meritorio del graduando, para volverse documentos que se compran en cualquier papelería o editorial de sótano!

La llegada de Gustavo Petro al poder fue como destapar una llaga purulenta, entre los nombramientos realizados, se presentó el de una ministra de Minas y Energía, profesora de una importante Universidad, quien se distinguió por los disparates y barbaridades que expresaba; tan versada docente confundía los hidrocarburos con los carbohidratos.  Ese fue el nivel de varios de sus numerosos ministros (más de sesenta). Se hicieron nombramientos de altos funcionarios, con diplomas falsificados. Se nombró ministro de Educación un patán de barrio quien hacia gala de un vocabulario de albañal. En el Congreso la vulgaridad estuvo de moda.

Pero hubo algo que fue una medida de la ignorancia y chabacanería imperantes, la oratoria presidencial. Un charlatán ignorante, ansioso de presentarse en toda clase de eventos internacionales, donde sus bufonadas y disparates hacían recordar las peroratas de los culebreros de plazas de mercado. Daba la impresión de que los títulos de los que presumía se los ganó en una rifa.

No se sabe si todavía hay quienes califican a Bogotá de Atenas Suramericana, porque la realidad es deplorable.