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Opinión

De Bucaramanchester y la aguapanela

Bucaramanga muestra una alta informalidad empresarial, pero también la capacidad de sus habitantes para crear ingresos y sostener sus hogares con iniciativa propia.

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Bucaramanga muestra una alta informalidad empresarial, pero también la capacidad de sus habitantes para crear ingresos y sostener sus hogares con iniciativa propia.

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La semana pasada escribí sobre la racionalidad económica del rebusque y las razones por las cuales tantos colombianos encuentran en la informalidad una alternativa conveniente para ganarse la vida. El último informe del DANE me permite continuar esa reflexión. Bucaramanga registró una tasa de desempleo del 8,5 % entre julio y septiembre de 2026, una cifra relativamente favorable frente a otras ciudades del país. Pero hay otro dato que me llamó especialmente la atención: según el informe de micronegocios, el 82,6% de estos establecimientos en nuestra área metropolitana presenta condiciones de informalidad empresarial. Además, el 80,5% no cuenta con registro mercantil y el 73,1% carece de RUT. Aunque estas cifras corresponden a mediciones diferentes, juntas permiten entender una característica de nuestra economía. El bumangués no se da el lujo de esperar a que aparezcan las oportunidades. Sale a buscarlas y, cuando no las encuentra, procura crearlas.

En Bucaramanchester abundan los pequeños comerciantes, los talleres, los negocios familiares; personas que han encontrado la manera de generar sus propios ingresos. Algunos lo hacen por necesidad y otros porque descubrieron que trabajar por cuenta propia les resulta más conveniente que recibir un salario. No encuentro nada reprochable en ello. La informalidad empresarial suele presentarse como una deficiencia que debe corregirse, pero nadie se pregunta por qué tantas personas prefieren mantenerse en ella. Formalizarse implica asumir obligaciones y costos que no se justifican para un negocio pequeño. Si un comerciante consigue sostener a su familia y obtener ingresos sin una estructura empresarial formal, es comprensible que no encuentre razones suficientes para modificar su situación. Es algo ya cultural. Naturalmente, existen riesgos y limitaciones, pero también hay independencia, iniciativa y una capacidad para adaptarse a las circunstancias.

Ahora aparece la Ley de Rescate Económico que ha generado preocupación por sus posibles consecuencias sobre la clase media. La ampliación del IVA y las modificaciones tributarias planteadas podrían afectar el ingreso disponible de muchos hogares. Para Bucaramanga, donde el comercio y los pequeños negocios el asunto merece atención, lo entiendo. Sin embargo, considero que nuestra estructura económica cuenta con la ventaja de su flexibilidad. Un trabajador independiente puede cambiar de actividad, buscar nuevos clientes y modificar su oferta de productos según las circunstancias. Esto no significa que sea inmune a una reducción del consumo, pero sí que dispone de alternativas para responder a ella. También convendría que el Gobierno tuviera presente que aumentar los costos de la formalidad termina desalentando precisamente aquello que pretende promover. Si ocho de cada diez micronegocios presentan algún grado de informalidad, cualquier reforma debería considerar las razones económicas que explican esa realidad.

Siempre he considerado que una de las mayores fortalezas de Bucaramanga está en empuje de sus habitantes para trabajar y buscarse la vida. El 82,6 % de informalidad empresarial puede parecer una cifra alarmante para quienes consideran que toda actividad económica debería ajustarse a los mismos requisitos administrativos. Yo encuentro allí una realidad con una interpretación menos prejuiciosa. Miles de pequeños negocios funcionan, generan ingresos y permiten que sus propietarios mantengan a sus familias, aunque no todos cumplan las condiciones que el Estado exige para considerarlos formales. Eso no significa que debamos desconocer sus obligaciones legales, sino preguntarnos si las reglas actuales corresponden a sus posibilidades. Yo prefiero pensar en el señor que vende aguapanela en una esquina, en la señora de las cocadas o en el que montó un taller en el garaje de su casa. Seguramente ninguno se ha puesto a pensar en las cifras del DANE ni en las bondades de la formalización. Están demasiado ocupados trabajando, haciendo cuentas y buscando cómo vender un poquito más mañana. Y eso, para mí, tiene mucho más mérito que cualquier registro en una Cámara de Comercio.