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Cuando la política nos enferma

La polarización política en Colombia está dañando la convivencia y la salud mental; el problema no es pensar distinto, sino convertir al otro en enemigo.

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La polarización política en Colombia está dañando la convivencia y la salud mental; el problema no es pensar distinto, sino convertir al otro en enemigo.

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“Entre gustos no hay disgustos”, dice el refrán. Y, sin embargo, lo que ocurre en Colombia en estas semanas contradice esa sabiduría popular: el gusto político se ha convertido, para muchos, en fuente de disgusto profundo, de rabia sostenida, de rupturas que no siempre se reparan. Hemos entrado en modo “intolerante” donde la diferencia de opinión ya no se debate: se condena.

Por: Carlos Yepes

Lo que vivimos tiene nombre técnico: polarización afectiva. No es solo que pensemos distinto, es que ya no toleramos al que piensa distinto. El rival político deja de ser alguien con una visión diferente para convertirse en un enemigo que hay que derrotar, y cualquier propuesta que venga del «otro lado» se descarta sin analizar su contenido. Cuando esa lógica se instala, la democracia sigue existiendo en el papel, pero la convivencia se afecta gravemente.

Y no es un fenómeno menor. La investigación científica señala que el enfrentamiento sociopolítico sostenido genera estrés, ansiedad, miedo y ruptura del tejido social, afectando no solo a quienes están más implicados políticamente, sino al conjunto de la sociedad. La Organización Mundial de la Salud y las Naciones Unidas han advertido sobre los impactos de la polarización en la salud mental colectiva: crecimiento de trastornos de ansiedad, depresión, problemas de sueño e incluso efectos negativos en el sistema inmunológico y cardiovascular. La Asociación Americana de Psicología acuñó ya el término estrés electoral para describir este fenómeno. Colombia no es la excepción; es, más bien, un caso de referencia.

En Colombia lo vemos todos los días. Familias que dejaron de hablarse por diferencias en un chat, amistades de décadas rotas por un meme, reuniones que empiezan con tamal y chocolate y terminan levantándose rabiosos de las mesas. El daño no aparece dimensionado en ninguna encuesta. Se mide en los silencios que quedan después.

Gran parte del problema está en cómo consumimos información. La campaña electoral ya no se libra únicamente en debates o plazas públicas: videos breves, audios reenviados y cadenas de WhatsApp moldean hoy el clima político, muchas veces activando emociones como la indignación, el temor o la frustración. Los algoritmos no están diseñados para informar sino para enganchar, y lo que más engancha es la rabia. Así, lo que empieza como interés ciudadano legítimo termina, para muchos, en ansiedad crónica, en insomnio, en una irritabilidad que se derrama sobre las personas más cercanas.

Lo más paradójico es que, en el fondo, la mayoría de los colombianos quiere lo mismo: que sus hijos tengan mejor educación, que las vías sirvan para sacar nuestro café y demás productos de las veredas, que el salario de nuestro trabajo alcance para vivir con dignidad, que tengamos un horizonte que nos garantice una vejez digna, etc. La diferencia no es el destino, es el camino. Y destruirse mutuamente porque alguien eligió una ruta distinta no nos acerca, a ninguno de los dos, a donde queremos llegar.

 

Esta columna no es un llamado a la indiferencia política. Votar es un derecho. Disentir es un derecho. El compromiso ciudadano importa y mucho. Pero hay una línea fina entre la convicción y la intoxicación emocional. Cuando cruzamos esa línea, cuando empezamos a ver en el vecino que vota diferente un enemigo moral, ya no estamos haciendo política, estamos haciéndonos daño.

Ningún resultado electoral vale más que la relación con un hermano, con un amigo de la infancia, del trabajo, con el vecino que mañana puede tender la mano en un momento difícil. La política pasa; las personas quedan. Se construye desde la conversación, el acuerdo, la capacidad de trabajar juntos, aunque no pensemos igual. Eso también es un acuerdo para vivir mejor.