Cuando la casa se cae, el pueblo la levanta
El terremoto dejó graves daños en varias regiones, pero también evidenció la solidaridad y resiliencia de los colombianos.
El terremoto dejó graves daños en varias regiones, pero también evidenció la solidaridad y resiliencia de los colombianos.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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Por: Silvia Estupiñán Godoy
Antes de iniciar, quisiera hacer una aclaración a quienes me leen, respecto a la columna de la semana anterior. Por lo general, trato de escribir mi punto de vista sobre la situación que se esté viviendo en ese momento o sobre un tema de actualidad. Sin embargo, al redactar el artículo anterior, el terremoto aún no había ocurrido; por ello, pido comprensión si algunos consideraron que hubo indolencia ante la tragedia, al abordar un tema distinto. Dicho esto, presento mi reflexión sobre un suceso que nos ha dolido a todos los colombianos, no sin antes agradecer a quienes siguen este espacio que me permite hacer una de las cosas que más disfruto: escribir.
La semana pasada inició con gran intensidad. A las 7:34 de la mañana del lunes, la tierra se sacudió y nos demostró que la naturaleza, aunque maravillosa, puede ser devastadora. Un terremoto de 7.4 grados afectó a 15 departamentos y 450 municipios, golpeando con mayor fuerza al Chocó (donde se situó el epicentro), al Eje Cafetero y al Valle del Cauca.
Pero, así como la tierra se movió, también se movilizó un sinnúmero de colombianos para ayudar a los damnificados. No es la primera vez que Colombia responde; hemos demostrado que nuestra solidaridad es más grande que cualquier golpe. Como el ave fénix, siempre resurgimos de las cenizas para levantar el vuelo con mayor altura.
Al momento de escribir este artículo, la cifra oficial alcanza 289 víctimas mortales, 4.187 heridos, 143 desaparecidos, 120.328 familias afectadas y 26.945 viviendas destruidas. Para los casi 53 millones de colombianos, cada cifra es un disparo al corazón, pero también una chispa que nos impulsa a socorrer al prójimo. Solo en el Valle del Cauca registramos 163 fallecidos, 2.672 heridos y 80 desaparecidos aún; en tanto, en Risaralda, se reportan a hoy (declarando que es al día en que se escribió esta columna)104 decesos, 565 compatriotas heridos y 61 desaparecidos.
Esta catástrofe ha tocado las fibras más profundas de mi alma. Viví en una de las ciudades más golpeadas por esta tragedia. En Cali conservo grandes amigos, y tal vez esa sea la razón de mi sensibilidad ante esta situación. Si tuviera que describir a los caleños, en una palabra, diría que son infinitamente resilientes. Cali se ha levantado de muchos golpes de diversas maneras y diferentes afectaciones, pero siempre la ciudad sale a flote de las adversidades. No me avergüenza confesar que, desde el desastre, he llorado al ver el sufrimiento de tantos coterráneos. Pero, junto a esa tristeza, ha surgido en mí una voluntad inquebrantable de ayudar y, a la vez, la impotencia de sentir que nunca es suficiente.
Volví a ver la película Encanto y comprendí que Disney no se equivocó: cuando la casa de la familia Madrigal colapsa, es el pueblo quien llega a reconstruirla. Y es que así somos los colombianos, infinitamente solidarios; y como dice la canción, “siempre hay solución”. Me conmueve ver las cadenas de recolección de ayudas, las brigadas de salud, los famosos, creadores de contenido y líderes sociales movilizándose; en fin, las ideas sobran cuando se trata de ayudar.
Sumado a este orgullo, quiero destacar el liderazgo y la entrega de nuestra pareja presidencial, Abelardo de la Espriella y Ana Lucía Pineda. Desde el primer momento, han desplegado la capacidad del Estado y movilizado toneladas de ayudas a través de la campaña “Colombia, un solo corazón”, manteniendo una presencia constante en los territorios afectados, junto al vicepresidente y su esposa.
Asimismo, reconozco otros liderazgos: toda mi admiración para la gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba, ¡qué mujer tan berraca! como dijéramos acá en Santander. Mi reconocimiento especial al alcalde de Cali, Alejandro Eder, y su esposa Taliana Vargas; son un equipo formidable cuyo liderazgo me sorprende cada día más. No puedo dejar fuera a la gobernadora del Valle, Dilian Francisca Toro, quien ha estado al frente sin descanso. A estos reconocimientos sumo grandes líderes como mi gran amiga Valeria García, a quien “me le quito el sombrero” por su capacidad de gestión social, y mi amiga médica Lina Galvis, quien ha puesto al servicio de la comunidad de su departamento su conocimiento en salud y su profesión, ellas son un ejemplo de la pujanza caleña.
Agradezco profundamente a nuestra Fuerza Pública, a la Cruz Roja, a los bomberos y a los rescatistas voluntarios. De igual forma, mi reconocimiento a los 138 rescatistas extranjeros, estadounidenses, ecuatorianos e israelíes, que llegaron con el único objetivo de salvar vidas.
Las cifras son aterradoras: según la UNGRD, hay más de 127.557 viviendas destruidas y daños en 285 de centros de salud y en 2.838 establecimientos educativos. La reconstrucción del país requerirá, según cifras preliminares de una empresa del sector privado, cerca de 30 billones de pesos, y esta cifra podría aumentar con el paso de los días y hasta meses. La tarea no termina aquí; hay que entender y tener muy claro que los damnificados lo perdieron todo.
Cada colombiano ha dado lo mejor de sí. Solo me queda recordarles que la tragedia no termina en un mes; la reconstrucción apenas comienza. Sigamos aportando, que, como decía mi abuela: “de grano en grano, llena la gallina el buche”.