Críticas e indirectas, la reciente estrategia de Uribe para descalificar a Abelardo de la Espriella

Resumen

Uribe se distanció del entorno digital de Abelardo de la Espriella y cuestionó a influenciadores políticos que, según él, dañan la democracia.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Camilo Silvera
Críticas e indirectas, la reciente estrategia de Uribe para descalificar a Abelardo de la Espriella

 

El expresidente Álvaro Uribe Vélez volvió a mover el tablero electoral con un mensaje en redes sociales que, aunque no mencionó directamente a Abelardo de la Espriella, terminó interpretándose como una clara señal de distanciamiento frente a una campaña que durante meses ha intentado presentarse como heredera natural del uribismo más duro. Y esta vez el golpe no llegó desde la oposición, sino desde el propio fundador del Centro Democrático.

Uribe cuestionó el papel de ciertos influenciadores políticos en la campaña presidencial de 2026 y lanzó una frase que cayó como piedra sobre el ecosistema digital cercano a De la Espriella: “Hay influenciadores buenos, sinceros, que ayudan a la libertad. Otros destruyen la democracia, posan de asesores de Milei y creen que calumniar es válido en política”.

El exmandatario incluso mencionó directamente al creador de contenido Santiago Giraldo, identificado en distintos sectores políticos como uno de los activistas digitales más cercanos a las narrativas impulsadas alrededor de la candidatura del abogado barranquillero.

El mensaje tiene una carga política mucho más profunda de lo que aparenta. Durante meses, De la Espriella ha construido su imagen pública intentando proyectarse como una especie de continuador emocional del uribismo: discurso de seguridad fuerte, confrontación permanente con el petrismo, defensa agresiva de sectores conservadores y una estética política inspirada en liderazgos de derecha radical internacional. Sin embargo, Uribe parece haber decidido ponerle freno a esa apropiación simbólica antes de que termine absorbiendo por completo la identidad del uribismo tradicional.

La incomodidad del expresidente no parece centrarse únicamente en las formas. También hay preocupación creciente dentro del uribismo por la estrategia digital que rodea a De la Espriella, especialmente por el uso de influenciadores que operan con mensajes incendiarios, teorías políticas agresivas y ataques permanentes contra adversarios. Un fenómeno que ha convertido la campaña presidencial en una especie de ring de TikTok donde cada video busca más viralidad que argumentación.

La frase sobre quienes “posan de asesores de Milei” tampoco pasó desapercibida. En el fondo, Uribe parece enviar una advertencia contra la importación de modelos de confrontación digital extrema inspirados en la política argentina. Un estilo que en Colombia algunos sectores han intentado replicar mezclando nacionalismo, guerra cultural y redes sociales convertidas en lanzallamas electorales. El problema es que, mientras De la Espriella parecía cómodo navegando esa ola, Uribe ahora da señales de querer bajarse del barco antes de que el costo político también le salpique al Centro Democrático.

Y no es casualidad que esto ocurra justo cuando la derecha aparece fracturada entre varias candidaturas. Mientras Paloma Valencia intenta consolidar el voto uribista oficial, De la Espriella ha venido capturando sectores desencantados del partido, especialmente aquellos atraídos por un discurso más emocional, confrontacional y mediático. Esa competencia silenciosa terminó convirtiéndose en una disputa por el verdadero apellido político de la derecha colombiana.

El mensaje de Uribe también deja entrever una molestia con la narrativa del llamado “petrouribismo”, impulsada desde sectores digitales cercanos a De la Espriella para atacar rivales y generar sospechas dentro de la misma derecha. Paradójicamente, quien durante años fue acusado de polarizar el debate político ahora parece preocupado porque la polarización digital se convirtió en un monstruo autónomo que ya no controla nadie y que incluso amenaza con tragarse a sus propios creadores.

En medio de esa discusión aparecen nombres como Santiago Giraldo, Vincent Ramos y Miguel Zárate, influenciadores que han participado activamente en campañas digitales y controversias recientes relacionadas con Armando Benedetti, la campaña de Paloma Valencia y distintas teorías de alianzas ocultas entre sectores políticos. Todo eso alimentó un ambiente donde las redes sociales dejaron de ser herramientas de campaña para convertirse en trincheras permanentes de propaganda.

La reacción de Uribe, más que una simple crítica a influenciadores, parece una maniobra de delimitación política. Un intento de recordarle al país, y quizás también a sus propios votantes, que Abelardo de la Espriella no es oficialmente el heredero del uribismo, aunque durante meses haya intentado posar como su extensión natural. Porque en política hay relaciones curiosas: algunos candidatos pasan años tratando de entrar a una casa ideológica y, justo cuando creen haber encontrado la llave, el dueño cambia la cerradura.

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por Camilo Silvera
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