Análisis científico desde la UDES sobre el Fracking en Colombia
La discusión sobre el fracking volvió a ocupar un lugar central en el debate energético colombiano. En un contexto marcado por la disminución de las reservas probadas de petróleo y gas, el país enfrenta el reto de garantizar el abastecimiento energético de las próximas décadas mientras avanza hacia una transición energética basada en fuentes renovables. Sin embargo, más allá de
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La discusión sobre el fracking volvió a ocupar un lugar central en el debate energético colombiano. En un contexto marcado por la disminución de las reservas probadas de petróleo y gas, el país enfrenta el reto de garantizar el abastecimiento energético de las próximas décadas mientras avanza hacia una transición energética basada en fuentes renovables.
Sin embargo, más allá de las posiciones políticas o ideológicas que suelen rodear el tema, especialistas insisten en la necesidad de analizar esta tecnología desde una perspectiva científica y técnica.
Para Robinson Andrés Mancilla Estupiñán, magíster en Hidrocarburos y coordinador de la Especialización en Gestión Ambiental en la Industria Minera y Petrolera de la Universidad de Santander (UDES), comprender cómo funciona el fracturamiento hidráulico, cuáles son sus riesgos y cuáles podrían ser sus beneficios es fundamental para construir una discusión informada.
“El debate debe estar basado en evidencia científica, conocimiento geológico y análisis técnico. Solo así es posible evaluar de manera objetiva las oportunidades y desafíos que representa esta tecnología”, señala el experto.
¿Qué es realmente el fracking?
El término fracking proviene de la expresión inglesa hydraulic fracturing o fracturamiento hidráulico. Se trata de una técnica utilizada para aumentar la permeabilidad de determinadas formaciones rocosas mediante la inyección de fluidos a alta presión.
El objetivo es generar fracturas microscópicas dentro de la roca para facilitar el flujo de hidrocarburos hacia los pozos productores.
Aunque la técnica existe desde hace varias décadas, su desarrollo moderno está asociado principalmente a la explotación de yacimientos no convencionales, donde el petróleo y el gas permanecen atrapados en formaciones geológicas extremadamente compactas.
A diferencia de los yacimientos convencionales, donde los hidrocarburos migran naturalmente hacia rocas porosas que facilitan su extracción, los recursos no convencionales permanecen confinados en lutitas, areniscas compactas y otras formaciones con muy baja permeabilidad.
Entre ellos se encuentran el shale gas, shale oil, tight gas, tight oil y el gas asociado a mantos de carbón.
Para extraer estos recursos resulta necesario perforar verticalmente varios kilómetros, extender posteriormente perforaciones horizontales y realizar múltiples etapas de fracturamiento hidráulico.
Los fluidos y las preocupaciones ambientales
Uno de los aspectos más debatidos del fracking corresponde a los fluidos utilizados durante la operación.
Generalmente están compuestos entre un 90 % y un 95 % por agua, entre un 4 % y un 9 % por arena o agentes de sostén y menos de un 1 % por aditivos químicos destinados a mejorar la eficiencia del proceso.
Entre estos compuestos se encuentran reductores de fricción, inhibidores de corrosión, gelificantes, surfactantes y agentes antimicrobianos.
Sin embargo, para algunos especialistas la principal preocupación ambiental no se encuentra necesariamente en los aditivos utilizados, sino en los materiales presentes naturalmente dentro de las formaciones geológicas profundas.
Las rocas donde se realizan estas operaciones pueden contener metales pesados como arsénico, mercurio, plomo, níquel, cromo, cadmio, bario y estroncio, además de materiales radiactivos naturales conocidos como NORM (Naturally Occurring Radioactive Materials).
Cuando estos elementos son movilizados por actividades industriales pasan a denominarse TENORM, materiales radiactivos naturales tecnológicamente mejorados.
“El análisis ambiental del fracking debe considerar no solo los productos que se inyectan, sino también los compuestos que pueden retornar desde las profundidades junto con las aguas de producción”, explica Mancilla.

El agua, uno de los principales focos de preocupación
La protección de los recursos hídricos constituye uno de los temas más sensibles dentro de la discusión.
Diversos estudios internacionales indican que la migración directa de fluidos desde las fracturas profundas hacia acuíferos superficiales es poco probable cuando los pozos son diseñados y construidos adecuadamente.
No obstante, los riesgos asociados a fallas operacionales siguen siendo motivo de análisis.
Entre los escenarios identificados por la literatura científica se encuentran problemas de cementación, corrosión de revestimientos metálicos, fugas en sistemas de almacenamiento, derrames superficiales y manejo inadecuado de aguas residuales.
Si alguno de estos eventos ocurriera, podrían registrarse alteraciones en la calidad del agua, incluyendo incrementos en la salinidad, cambios en el pH, presencia de hidrocarburos disueltos y movilización de metales pesados.
La preocupación aumenta debido a que algunos de estos contaminantes podrían incorporarse posteriormente a cadenas alimentarias agrícolas y pecuarias.
Según estudios internacionales citados por expertos, elementos como el arsénico, el cadmio, el mercurio y el plomo están asociados a efectos adversos para la salud humana, incluyendo daños renales, trastornos neurológicos, afectaciones cardiovasculares y aumento del riesgo de ciertos tipos de cáncer.
¿Puede el fracking provocar sismos?
Otra de las preguntas recurrentes alrededor del fracking tiene que ver con la actividad sísmica.
La respuesta científica es afirmativa, aunque con importantes matices.
Durante las operaciones de fracturamiento se generan miles de microsismos imperceptibles que son utilizados por los ingenieros para monitorear el crecimiento de las fracturas dentro de la roca.
Sin embargo, algunos eventos sísmicos de mayor magnitud registrados en diferentes partes del mundo han estado relacionados principalmente con la inyección profunda de grandes volúmenes de aguas residuales y no directamente con el proceso de fracturamiento.
En el caso colombiano, el análisis adquiere especial relevancia debido a la compleja dinámica tectónica del país y a la presencia del Nido Sísmico de Bucaramanga, considerado uno de los focos sísmicos intermedios más activos del planeta.
Por ello, cualquier eventual desarrollo de proyectos de fracking requeriría estudios geomecánicos, hidrogeológicos y sismológicos de alta resolución, además de sistemas permanentes de monitoreo.
Las lecciones internacionales

La experiencia internacional ofrece ejemplos tanto de éxito como de precaución.
Estados Unidos logró incrementar significativamente sus reservas y producción de hidrocarburos gracias al desarrollo masivo de yacimientos no convencionales, fortaleciendo su seguridad energética y reduciendo su dependencia de importaciones.
Argentina, a través del proyecto Vaca Muerta, se consolidó como uno de los principales referentes mundiales en explotación de shale, atrayendo inversiones y generando empleo.
Canadá también ha desarrollado esta industria bajo estrictos esquemas regulatorios y monitoreo ambiental.
Sin embargo, otros países han seguido caminos diferentes. Francia prohibió el fracking bajo el principio de precaución ambiental. Alemania impuso fuertes restricciones para proteger recursos hídricos estratégicos. El Reino Unido suspendió temporalmente operaciones tras eventos sísmicos registrados durante proyectos piloto, mientras que Bulgaria estableció una moratoria nacional por preocupaciones ambientales y sociales.
Un debate que apenas comienza
Para los especialistas, el fracking no representa una solución milagrosa a los desafíos energéticos del país, pero tampoco constituye necesariamente una amenaza inevitable.
Como ocurre con cualquier tecnología industrial, sus impactos dependen de múltiples factores: la geología del territorio, la calidad de la ingeniería aplicada, la fortaleza de la regulación y la capacidad institucional para supervisar adecuadamente las operaciones.
La experiencia internacional demuestra que los riesgos pueden reducirse significativamente mediante estándares rigurosos, monitoreo permanente y transparencia en la gestión ambiental. También evidencia que las fallas operacionales pueden generar consecuencias importantes cuando los controles resultan insuficientes.
En Colombia, donde la discusión continúa abierta, el verdadero desafío consiste en construir decisiones fundamentadas en la ciencia y la evidencia. El futuro energético del país dependerá de encontrar un equilibrio entre la necesidad de garantizar el abastecimiento de hidrocarburos, proteger los recursos naturales y responder a las crecientes exigencias de sostenibilidad ambiental y bienestar social.