Alianzas vergonzantes
Petrismo y uribismo unieron votos para controlar el Congreso y frenar al candidato del gobierno entrante, dejando en evidencia el cálculo político por encima de las ideas.
Petrismo y uribismo unieron votos para controlar el Congreso y frenar al candidato del gobierno entrante, dejando en evidencia el cálculo político por encima de las ideas.
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El contexto histórico y los antecedentes serán generados a partir del archivo periodístico de El Frente.
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El Capitolio Nacional volvió a ser el escenario de una de esas paradojas que solo la política más visceral y pragmática es capaz de concebir. En una maniobra que tomó por sorpresa a propios y extraños, las dos fuerzas aparentemente más irreconciliables de la historia reciente del país -el petrismo y el uribismo-decidieron entrelazar sus votos para asegurar la presidencia del Congreso, propinándole una sonora e inesperada derrota al candidato impulsado por el presidente electo.
Bajo el título de “estrategia legislativa” asistimos a lo que sin eufemismos debe llamarse una alianza vergonzante. Durante años, ambas bancadas construyeron unas identidades públicas a partir de la negación absoluta del otro. Promovieron discursos irreconciliables, dividieron familias en las urnas y convirtieron la polarización en su principal motor electoral. Sin embargo, a la hora de repartir el control de la mesa directiva del Legislativo, los principios ideológicos se evaporaron en cuestión de horas para dar paso al más frio cálculo de supervivencia política.
El mensaje que esta jugada pactada enviar al país, es inquietante y reveladora. Por un lado, evidencia la fragilidad de las convicciones en el Congreso: las fronteras doctrinarias no son más que fronteras de tiza que se borran tan pronto como se atraviesa el umbral de las urnas. Por otro lado, marca un contundente “primer aviso” para el gobierno entrante, al cerrarle el paso al candidato respaldado por la Casa de Nariño, las bancadas tradicionales e históricas le notifican al nuevo mandatario que la gobernabilidad no será un cheque en blanco y que el Congreso defenderá su autoridad -o sus feudos de poder- a cualquier precio.
Esta jugada de ajedrez no carece de costos para sus protagonistas. ¿Cómo explicarán a sus bases militantes este abrazo de confort electoral? ¿Con que autoridad moral y credibilidad volverán a señalar desde la tribuna al rival de turno, si en la trastienda pactan sin sonrojo alguno? La ciudadanía asiste perpleja a este teatro de sombras, sintiendo que su voto y sus pasiones fueron reducidos a simples fichas de cambio.
De cara al nuevo periodo que inicia, el panorama es de alta incertidumbre. Si el nuevo presidente arranca mandato con una mesa directiva en el Congreso moldeada por sus principales opositores colegiados, el trámite de las reformas esenciales promete convertirse en una trinchera de regateos o en un desierto de parálisis institucional.
Las alianzas vergonzantes pueden rendir frutos inmediatos para quienes las urden en los pasillos de la democracia, pero suelen dejar un tufo de cinismo qué erosiona aún más la golpeada confianza de los ciudadanos en sus instituciones. La pregunta, ¿cuánto durara el pacto con cálculo frio de beneficio personal?
Cuando los enemigos acérrimos se unen no por el bien común, sino para vetar o repartir, quien pierde nunca será la bancada, sino es el país.