¿Quién le está mandando sufragios al curita de Cepitá?
Resumen
El párroco Beimar Ortiz habría salido de Cepitá tras presuntas amenazas e intimidaciones que generaron preocupación en la comunidad.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)En pueblos como Cepitá, la iglesia suele ser mucho más que un templo: es el corazón silencioso alrededor del cual giran las celebraciones, los duelos, las esperanzas y las preocupaciones colectivas. En otras palabras, podrá faltar alcalde pero jamás un cura. Ahí radica la gravedad de las amenazas que obligaron al exilio al párroco de la localidad.
Por Camilo Ernesto Silvera Rueda - Redacción Política / EL FRENTE
Un sentimiento de incertidumbre y preocupación embarga a los habitantes de Cepitá luego de conocerse que el sacerdote Beimar Ortiz, párroco de esta población enclavada sobre el cañón del Chicamocha, habría decidido apartarse de su labor pastoral tras varios meses de presuntas amenazas, actos de intimidación y episodios de persecución que, según denuncian feligreses y líderes comunitarios, pusieron en riesgo su tranquilidad y su integridad personal.
La noticia ha causado consternación en este municipio de poco más de dos mil habitantes, donde la figura del párroco no solo cumple una función religiosa, sino que también representa un punto de encuentro social y espiritual para una comunidad marcada por profundas tradiciones católicas.
El padre Ortiz, oriundo del municipio de El Cerrito, había llegado a Cepitá en octubre de 2024 por designación de la Diócesis de Málaga-Soatá para asumir la conducción espiritual de la parroquia local.
Desde su arribo, de acuerdo con testimonios de habitantes, se ganó el aprecio de numerosos fieles por su cercanía con la comunidad, su trabajo pastoral y su disposición para acompañar a los sectores más vulnerables del municipio.
No obstante, con el paso de los meses comenzaron a surgir tensiones que, según versiones conocidas en la localidad, habrían derivado en presiones constantes y actos de hostigamiento atribuidos a algunos grupos familiares del municipio.
Aunque los detalles concretos no han sido revelados oficialmente, la percepción entre los feligreses es que el sacerdote terminó enfrentando un ambiente cada vez más adverso, hasta el punto de considerar que su permanencia podía representar un riesgo para su seguridad.
La eventual salida del sacerdote ha despertado viejas inquietudes en la población. Varios habitantes sostienen que no se trata de un episodio aislado, sino de una situación que refleja un clima de conflictividad que, en los últimos años, también habría afectado a autoridades civiles, miembros de la Policía Nacional de Colombia y otros líderes que han desempeñado funciones en el municipio.
La preocupación es aún mayor porque las amenazas contra un líder religioso golpean uno de los pilares de cohesión social en las pequeñas comunidades rurales. Cuando un sacerdote siente que no existen condiciones para ejercer su ministerio con tranquilidad, el mensaje que queda en el ambiente es inquietante: incluso quienes dedican su vida al servicio espiritual pueden verse expuestos a presiones capaces de obligarlos a marcharse.
Hasta el momento, ni la Diócesis de Málaga-Soatá ni la administración municipal de Cepitá han emitido un pronunciamiento oficial que confirme o desmienta las versiones divulgadas por la comunidad. Ese silencio ha incrementado la expectativa de los habitantes, quienes reclaman claridad sobre lo ocurrido y, sobre todo, garantías para que hechos de esta naturaleza no vuelvan a repetirse.
Entre oraciones, rumores y muestras de solidaridad, la comunidad de Cepitá observa con preocupación la posible partida del padre Beimar Ortiz. Para muchos, su salida no solo significaría la ausencia de un guía espiritual, sino también una señal alarmante sobre las tensiones que se viven en esta tranquila población santandereana, donde la fe ha sido históricamente un refugio frente a las dificultades, pero donde hoy el temor parece haberse sentado en primera fila.