Disminución de la natalidad
Resumen
La disminución de la natalidad en Colombia no es sorprendente dado el contexto de dificultades socioeconómicas y laborales. En lugar de preocuparnos por la baja natalidad, deberíamos cuestionar las precarias condiciones de vida que llevan a esta decisión.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Por: Enrique Del Río González
La semana pasada los medios explotaron aterrorizados con la noticia de que en Colombia estamos en una crisis de natalidad, bajo la consideración de que eso puede tener consecuencias graves “a futuro”. En medio del cúmulo de información, a mí lo que me causa indignación es que eso sea una sorpresa y, peor, que cause preocupación en la mayoría de los sectores.
Hoy estamos más ansiosos por solucionar el “problema” de un futuro incierto, que no somos capaces de reflexionar sobre las razones por las cuales menos personas quieren traer hijos a este mundo. Y es que no es un secreto que vivimos en un país en el que la calidad de vida es mala, por no decir que para algunos es miserable, donde cada vez se reducen más las oportunidades laborales, la salud afronta una crisis inminente y las posibilidades de llegar a la vejez dignamente son pocas.
Y, en ese panorama, pretenden vendernos la idea de que la baja natalidad es una crisis y que hay que alarmarse porque los nacimientos han caído a niveles históricos. Cuando lo que realmente debería escandalizarnos es lo contrario, la idea de tener hijos en un país donde la vida se ha vuelto insostenible, en el que vivir es un acto de resistencia y un laberinto de incertidumbre, donde la estabilidad económica es un lujo y la seguridad social un espejismo. Vivimos en un lugar donde el precio de una cuna nueva equivale a meses de salario y la educación de calidad es una quimera reservada para unos pocos.
Muchos jóvenes han crecido viendo a sus padres partirse el alma para sostener un hogar, han visto a los abuelos envejecer sin pensión o, en el mejor de los casos, con pensiones indignas y a las madres elegir entre criar y trabajar porque el sistema no concibe que ambas cosas puedan coexistir. Han aprendido que la maternidad y la paternidad no son solo actos de amor, sino también de sacrificio y, que, en un mundo donde sobrevivir es tan difícil, traer vida no siempre es una opción sensata.
Por eso, la natalidad cae. No por falta de amor o deseo de familia, sino porque la razón pesa más que el instinto. Porque cada vez más personas entienden que no se trata solo de traer niños al mundo, sino de ofrecerles uno donde merezca la pena crecer. Ello sin mencionar que, en generaciones pasadas, la maternidad era casi una imposición y el desconocimiento sobre anticoncepción dejaba a muchas sin opción. Ahora, con más herramientas y conocimiento, más personas eligen si quieren o no ser madres y padres, y en qué condiciones hacerlo.
Por eso creo que si hay algo de lo que debiéramos preocuparnos no es la baja natalidad, sino la falta de condiciones para que vivir en este país sea una promesa de esperanza y no un acto de valentía. Menos niños nacen, sí. Pero quizás es porque muchos han decidido que el amor también es espera, que la vida se honra no solo al darla, sino al garantizar que valga la pena.