Un peaje a la sed
Resumen
El artículo cuestiona que los grandes conciertos en Bucaramanga oculten abusos como sobreprecios, restricciones y falta de control sobre los asistentes.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)Por: Rodrigo González Márquez*
La Ciudad Bonita celebra su llegada al círculo exclusivo de los grandes conciertos, un mundo que enorgullece, pero que trae consigo un riesgo muy alto de normalizar el abuso. El anhelo de ser una “gran ciudad” es un motor sempiterno de grandes líderes y sus habitantes. Bucaramanga no es ajena al eterno sueño.
Un indicador de confiabilidad, progreso y empuje es la escogencia de escenarios en la planeación de giras de grandes artistas. En este escalafón el crecimiento ha sido muy significativo, lo demuestra la frecuencia de visitas de alta talla. Los efectos de un gran concierto como el que se vivió el fin de semana pasado son variopintos; por un lado, las cifras en el impacto macro son de titular noticioso “este artista paisa rompió con la economía en Bucaramanga (…) activó más de dos mil empleos indirectos, más de mil directos, y un impacto económico entre los 10 mil y 15 mil millones” referencia el diario El Tiempo.
Hoteles a tope, transporte intraurbano e intermunicipal desbordado, vuelos desde varios destinos sin sillas disponibles; no cabe duda del éxito merecedor de todos los aplausos. Las cifras son eso, cifras; frías, calculables, analizables, dignas de celebrar en este caso, pero frías. Mientras ese panorama económico se adula, y se promulga a grito entero, hay otro que se oculta, del cual fueron testigos los más de 30 mil asistentes y todas las instituciones presentes. Entre 6 y 9 horas de un confinamiento bajo reglas privadas sirvieron en bandeja múltiples escenarios de posibles abusos y falta de control: prohibición de ingreso de alimentos o líquidos (incluida la zona exclusiva para menores de edad), precios exorbitantes al mejor estilo de la recién afamada alza en el avalúo catastral, consumo desmedido de licor (una que otra situación conflictiva amenizando la ingesta etílica), entre otras.
Una botella de agua de 500ml cuyo precio oscila entre 800 y 2.500 pesos, se vendía a 20.000; Un paquete de papas (se consigue en una tienda estrato 4 o 5 en 3.000 pesos máximo) tenía un costo de 25.000; un peaje a la sed y al hambre en nombre del espectáculo. A todas luces se configura un abuso de una posición dominante de mercado, al demarcarse lo que en macroeconomía denominó Marshall como la demanda inelástica, principio que plantea que la demanda de un bien no cambia significativamente ante la variación del precio.
Después de 6 horas en un recinto sin acceso a agua, saltando y gritando eufóricamente, negarle una botella de agua a un hijo, con la excusa de lo desmedido del precio, es un costo moral que ningún padre asumiría. Entonces, ¿quién debe asumir estos costos? El dato que se celebra por los ingresos y empleos es tan frío como la preocupación por el ciudadano que ingresa al recinto.
Existen instancias y entes que regulan, pero en las 6 o 9 horas (de las cuales el show dura máximo el 30% del tiempo) el espectador sufre una alienación, una especie de mutación kafkiana, un sentir de ser visto como un cajero automático y no como un cliente a atender. No se paga por un servicio, sino por una especie de cesión del dominio en el que “voluntariamente” la persona se interna en un mundo temporal en el que la falta de control, y especialmente la carencia de empatía, impone unas reglas de tipo “o lo tomas o lo dejas”; en esta arena anárquica las alternativas no nacen del derecho, sino de la resignación.
Es necesario que afinemos las herramientas que deben rodear estos contextos, y así, nuestro avance en el escalafón como ciudad - destino no tendrá límites.
Memento Mori: El costo real no recae en el precio del servicio, sino en la indiferencia.
* Exdefensor Regional para Santander y Magdalena Medio. Docente y Consultor en manejo de conflictos X: @rodrygonzalezma