SITME le puso la lápida definitiva a Metrolínea
El sueño de los bumangueses es que el próximo sistema no sólo mueva pasajeros, sino que revele si esta región aprendió de sus errores o si seguirá atada a un pasado que quieren repetir los que se enriquecieron.
Se cumple un mes después de que Metrolínea diera inicio al nuevo Sistema Integrado de Transporte Metropolitano SITME, tras haber dejado de operar por vencimiento de contrato y acumulación de deudas desde el 27 de abril del 2025.
Millonarios costos del sistema
12 Buses traídos desde Medellín llegaron a la capital santandereana bajo la promesa de un sistema eficiente a los ciudadanos, sin embargo, este sistema ha generado frustración y malestar en los habitantes de Bucaramanga y su Área Metropolitana, y no es para menos: el contrato de arrendamiento de los vehículos fue concretado por la cifra de dos mil quinientos cuarenta y ocho millones novecientos ochenta mil pesos.
Sumado a esto, el costo del suministro de personal para la prestación del servicio es de cuatrocientos dieciséis millones sesenta mil doscientos cuarenta y nueve pesos. Mientras tanto, el panorama en la autopista que conecta Bucaramanga con su Área Metropolitana es desalentador, las estaciones vacías y destruidas y buses que transitan desocupados.
Estaciones no aptas
Ciudadanos manifestaron a EL FRENTE que las estaciones operativas de este sistema de transporte no están aptas para su funcionamiento. “Las estaciones del centro son sinónimo de un sitio peligroso”, expresaron.
Una fuente denunció que justamente, en el sector del centro de la ciudad, los buses se movilizan por el carril exclusivo y que, estas estaciones no funcionan, de manera que las personas se ven obligadas a esperar el servicio en las paletas de Metrolínea ubicadas en el andén, aunque, los vehículos hacen caso omiso a la solicitud de los ciudadanos.

“No pueden pretender reactivar una línea troncal sin tener buenas rutas alimentadoras, y las pocas rutas que hay, dan muchas vueltas para llegar a cada destino”. Dijo a EL FRENTE.
Bajo este contexto, la ’Ciudad Bonita’, carga el peso de un modelo de transporte masivo público que nació muerto, se sostuvo con excusas y se derrumbó sin ofrecer una alternativa clara de reemplazo.
Alternativas como soluciones
Dos propuestas se han realizado, hasta hoy, para sustituir el fracaso sobre ruedas en la urgencia de una ciudad que ya no puede aplazar sus decisiones: un monorriel elevado y el tranvía que propone el Gobierno Nacional.
La crisis del transporte público ha puesto en evidencia un problema mayor rebotado en la incapacidad de cuatro municipios para planear su territorio con criterios comunes, e integrar sus mallas viales y articular su crecimiento urbano.
Para responder ante la problemática de movilidad que afronta la ciudad, dos ingenieros santandereanos presentaron un proyecto de Metrorriel. Su propuesta elevó la mirada hacia un modelo que ya funciona en otras ciudades con topografías complejas, donde el terreno cuesta arriba dejó de ser una excusa para convertirse en desafío resuelto mediante infraestructura aérea.
La apuesta parte de una premisa afianzada en la movilidad del Área Metropolitana que necesita un sistema independiente del caos vial, inmune a la competencia entre buses y libre del desgaste físico que ha convertido las vías principales en corredores saturados.

Horizonte tecnológico que le falta a la región
El Metrorriel plantea tres líneas troncales, trenes de cuatro vagones, capacidad amplia y operación eléctrica. Sus defensores aseguran que el modelo permitiría organizar el uso del suelo, reducir emisiones y ofrecer un horizonte tecnológico que le hace falta a la región.
No promete un milagro, pero sí un orden posible. Su mayor fortaleza radica en que nace sin los pasivos de Metrolínea y bajo un ente gestor independiente, detalle que evita repetir la historia de un sistema que quedó atrapado entre demandas, concesiones y déficit acumulado.
La propuesta coincide con un momento clave. El Gobierno Nacional ya anunció que no destinará más recursos y la Ministra de Transporte dejó claro que el país no financiará un hueco fiscal incalculable e indefinido.
En su lugar, el Ejecutivo plantea un tranvía sobre la infraestructura existente. La idea se presenta como una salida pragmática que es aprovechar el corredor exclusivo, reducir costos iniciales.
El tranvía, sin embargo, también implica retos considerables. Su implementación requiere que Bucaramanga, Floridablanca, Girón y Piedecuesta cumplan con un nivel de corresponsabilidad que históricamente no han demostrado.
Además, el paso del tranvía por corredores urbanos obliga a reorganizar el espacio público, respetar pendientes, adaptar estaciones y resolver los cruces con tráfico mixto, un asunto que demanda precisión en el diseño y disciplina en la ejecución.
Idea razonable que tropieza con la misma piedra
Mientras se definen esas rutas, la Ministra, María Fernanda Rojas Mantilla, propuso una transición con buses eléctricos durante un año. La idea parece razonable, pero tropieza con la misma piedra que ha frenado otros intentos, con las estaciones vandalizadas, la falta de recursos municipales, persisten las dudas sobre la sostenibilidad financiera.
Los alcaldes municipales reconocen la importancia de buscar una salida, pero también señalan que, sin infraestructura recuperada, cualquier inversión corre el riesgo de perderse antes de arrancar.
En este cruce de caminos, la región enfrenta una decisión estructural. El monorriel ofrece innovación y separación total del tráfico; el tranvía plantea continuidad y aprovechamiento de lo existente.
Ambos modelos requieren voluntad política, planeación conjunta y disciplina técnica. Ninguno funcionará si cada municipio actúa por su cuenta o si las decisiones vuelven a subordinarse a cálculos electorales.
La verdadera discusión que se aproxima no gira alrededor de torres, vigas o rieles. El fondo del debate es otro, Bucaramanga y su Área Metropolitana deben decidir si seguirán remendando un sistema agotado o si asumirán, de una vez por todas, la magnitud del cambio, urgente, que necesita su movilidad.
La ciudad ya pagó el precio de la improvisación. Ahora, enfrenta la última oportunidad para demostrar que es capaz de construir un modelo de transporte que no vuelva a nacer derrotado, ni se quede en el camino.