Feria de abuelos
Resumen
Una feria reunió a abuelos y niños para compartir abrazos, juegos y recuerdos, convirtiendo la vejez y la infancia en una sola celebración de felicidad prestada.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)El veterano abuelo de Anita, su nieta de ocho años caminaba con pasos lentos apoyado del caminador en el parque. El sol brillaba prudente y Anita se mostraba orgullosa de su abuelo, de su piel cincelada por el tiempo como la de uno de tantos otros veteranos combatientes del amor. Ese día, un día cualquiera, el parque estaba a reventar de veteranos muy mayores y niños que apenas descubrían el valor del amor en el tiempo y la eternidad del tiempo en el amor.
Por: Claudio Valdivieso
El parque lucía verde, atiborrado de flores; sobre los caminitos de cemento flotaban globos de colores, serpentinas y confites, demarcando una calle de honor como bienvenida a la felicidad de los abuelos y los niños. ¡Por Dios!, se trataba de la manifestación más concurrida de amores perfectos, de los eslabones de la edad y del tiempo que confundió a los ancianos que perdieron su memoria y recuperaron la felicidad de su niñez.
El parque se convirtió en una feria de helados, crispetas, chocolates, claveles, flores de nomeolvides y rosas, un bazar endulzado y enlazado por abrazos entre los abuelos y los niños. Era el parque de nadie y de todos; allí solo había espacio para una felicidad que involucraba la sabiduría de los ancianos y la fantasía de la niñez.
A Lácides, el poeta, se le ocurrió inventar «La feria del abuelo y la niñez», un espacio para abuelos sin nietos y niños sin abuelos. Durante ese día, se prestaron los amores en una impredecible felicidad. Para ingresar a la feria del amor, los abuelos solo debían llevar su edad y los niños traer la ilusión de adoptar un abuelo por unas horas de ilimitada imaginación. Esta vez, el parque empalmaba los tiempos de la edad con la fantasía de los niños, quienes convirtieron las sillas de ruedas, bastones y caminadores en un parque de diversiones. Los abuelos regresaron a su infancia y los niños se convirtieron en «felices ancianos» realizando malabares y competencias. Aquí no ganaba el primero en llegar a la meta, sino el más feliz.
Lácides acordó el encuentro con los cuidadores de los abuelos y las madres de los niños y, para neutralizar las preferencias musicales, alternaron las rondas infantiles con música de antaño. ¡Funcionó!
Ese día, el juguete más preciado de cada niño era la sonrisa de un anciano, y los abuelos sonreían porque, por primera vez en la vida, se sintieron más niños que los reales al regresar sus memorias al ruido de la infancia.
Anita, la cómplice de Lácides, sabía que su abuelo estaría allí y que él no la reconocería, de modo que podía adoptarlo en la feria. Los otros niños, los que nunca vieron a sus abuelos, recibieron de los ancianos la calidez y ternura de sus abrazos. Nadie pudo medir ese tiempo. Por fin, cada uno de los protagonistas recibió prestado un abrazo inolvidable; los niños tuvieron un encuentro con los abuelos que soñaron y los abuelos encontraron a los nietos que nunca tuvieron.