Bucaramanga, ejemplo nacional por investigación del caso de la perrita muerta a manos de su dueño

Resumen

El caso de Kira en Bucaramanga evidenció que la Ley Ángel existe, pero su aplicación depende de la capacidad real de las autoridades para investigar y sancionar el maltrato animal.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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Bucaramanga, ejemplo nacional por investigación del caso de la perrita muerta a manos de su dueño

En Colombia, la defensa de los animales camina sobre una cuerda tensa: de un lado, una legislación que promete castigos ejemplares; del otro, una realidad donde las denuncias muchas veces se disuelven en la indiferencia institucional. Esa grieta quedó expuesta con crudeza tras el asesinato de “Kira”, una perrita criolla en Bucaramanga, cuyo caso, por la reacción judicial que provocó, hoy es visto como una excepción que confirma la regla.

 

Por Camilo Ernesto Silvera Rueda - Redacción Política / EL FRENTE

La captura y posterior medida de aseguramiento en centro carcelario contra Abimelec Camacho marcan un precedente poco común. La Fiscalía logró sustentar la imputación por maltrato animal agravado con pruebas contundentes, entre ellas un dictamen de necropsia que evidenció una muerte violenta causada por múltiples traumatismos.

Pero mientras este expediente avanza, en los pasillos del Congreso de la República de Colombia se encendían las alarmas por una preocupación mayor. La llamada Ley Ángel, concebida como un instrumento para castigar el maltrato, la tortura y la muerte de animales, enfrenta un obstáculo que no está en su redacción, sino en su ejecución. La senadora Andrea Padilla lo resumió sin rodeos: el problema no es tanto penal, sino operativo.

En otras palabras, el país tiene leyes, pero no siempre tiene cómo hacerlas cumplir. El debate en la Comisión Quinta dejó al descubierto una falla estructural que se repite como eco en la mayoría de municipios: la respuesta policiva es débil, tardía o inexistente.

Las denuncias ciudadanas, que deberían activar rutas de atención inmediatas, terminan atrapadas en trámites difusos o en la falta de capacitación de las autoridades locales. Así, lo que en el papel es un sistema de protección, en la práctica se convierte en una promesa incumplida.

La discusión no fue menor. Se habló de animales maltratados durante su transporte, de entidades sin capacidad sancionatoria efectiva, de vacíos técnicos y de una estadística que golpea como un martillo: gran parte de las políticas públicas en Colombia no se implementan plenamente. En ese contexto, la Ley Ángel corre el riesgo de convertirse en un símbolo más que en una herramienta viva.

Por eso el caso de “Kira” incomoda tanto como inspira. Incomoda porque evidencia que, cuando las instituciones funcionan, el resultado es distinto. Inspira porque demuestra que sí es posible cerrar el cerco contra los agresores. Pero, al mismo tiempo, deja una pregunta flotando en el aire: ¿por qué este nivel de respuesta no es la norma en todo el país?

La respuesta comienza a delinearse en las conclusiones del propio Congreso. Se insiste en la necesidad urgente de capacitar a policías, inspectores y funcionarios municipales, de fortalecer el papel de los médicos veterinarios como peritos y de establecer rutas claras de atención que no dependan de la voluntad individual de un funcionario. También se plantea articular sectores como transporte, salud y justicia para que la protección animal no sea fragmentada.

Mientras tanto, en barrios de ciudades grandes y municipios apartados, la realidad sigue siendo desigual. Hay casos que se investigan con rigor y otros que nunca pasan de un video viral o una denuncia ignorada. En ese contraste, la impunidad se convierte en terreno fértil para que la violencia se repita.

“Kira” ya no está, pero su historia se convirtió en un espejo incómodo para el país. Refleja lo que ocurre cuando la ley se aplica… y lo que ocurre cuando no. Entre esos dos escenarios se juega hoy el verdadero alcance de la Ley Ángel: dejar de ser tinta en el papel y convertirse, por fin, en un escudo efectivo para quienes no tienen voz.

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