Varias ambiciones presidenciales se derrumbarán el ocho de marzo

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Resumen

El artículo resalta la importancia de las elecciones legislativas en Colombia para definir el verdadero poder político. Sin mayorías en el Congreso, cualquier programa presidencial podría quedar reducido a simples discursos, condicionando el próximo período presidencial.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Camilo Silvera
Varias ambiciones presidenciales se derrumbarán el ocho de marzo

 

Colombia suele elegir Presidente como si en esa urna se depositara el alma del votante porque se exaltan nombres, se miden carismas y se repiten encuestas, mientras se ignora que el verdadero pulso del poder se define antes, en silencio, en las legislativas del 8 de marzo. Ese día no se escoge una figura. Ese día es el principio del resultado final de la contienda presidencial, tanto en primera como en segunda vuelta y se fija el margen de acción del próximo Gobierno. Colombia arrastra la costumbre de personalizar la política. La Casa de Nariño concentra reflectores, pero el Congreso concentra la capacidad real de transformar promesas en leyes.

Ya lo dijo el candidato al Senado, por el Partido Conservador, Hernán Andrade en su intervención durante una reunión en la Casa Conserva-dora de Bucaramanga, sin mayorías sólidas, cualquier programa presidencial se convierte en discurso decorativo.

Con mayorías adversas o fragmentadas, la gobernabilidad se reduce a transacciones permanentes. Por eso, lo que ocurra el próximo ocho de marzo condicionará de forma directa el período presidencial 2026-2030.

El sistema electoral no regala hegemonías. La distribución proporcional de curules impide triunfos absolutos y convierte diferencias mínimas en factores decisivos. Dos o tres escaños pueden inclinar la balanza de una reforma tributaria, laboral o pensional.

La experiencia reciente demostró que proyectos anunciados como inevitables naufragan por deserciones puntuales, alianzas imprevistas o traiciones al electorado. El poder efectivo no se mide en aplausos de campaña, sino en votos contados uno a uno en el Capitolio.

Las tendencias actuales apuntan a un Senado atomizado, con bloques grandes, pero lejos de la mayoría necesaria para impulsar cambios estructurales sin pactos complejos y hasta inverosímiles.

En ese escenario, ningún Presidente gobernará solo. La aritmética congresista impondrá límites claros a cualquier ambición transformadora, ya provenga de la izquierda o de la derecha. La narrativa del mandato popular pierde fuerza cuando choca con un tablero legislativo dividido Sin embargo, buena parte del electorado participa en las legislativas con menor rigor que en la presidencial. Se vota Senado y Cámara por lealtad histórica, por arrastre o por simple desconocimiento.

Esa desidia tiene consecuencias porque un Congreso disperso multiplica vetos, ralentiza decisiones y encarece acuerdos. Un Congreso coherente, en cambio, puede ofrecer estabilidad normativa, disciplina fiscal y control político efectivo.

El próximo domingo ocho de marzo no será la antesala de nada. Será la partida principal. La contienda presidencial se disputará sobre el terreno que ese día quede dibujado. Colombia puede elegir a un mandatario con millones de votos y descubrir, semanas después, que este carece de herramientas para cumplir lo prometido.

Persistir en la obsesión por el rostro y no por las mayorías es insistir en el mismo error. Esta vez, el costo político y económico de esa votación puede definir un cuatrienio de más fracasos o de la exacerbación de la dañina y peligrosa polarización que nos rodea.

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por Camilo Silvera
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