Los niños de la guerra
Resumen
El artículo critica cómo se utilizan conceptos filosóficos y jurídicos en la política colombiana para desvirtuar la paz. Aborda el papel de los menores en conflictos armados y la necesidad de soluciones más efectivas para evitar su participación en la guerra.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Sé que me meto en las arenas movedizas de la filosofía de la ley, pero es necesario que cualquier periodista, sin ser leguleyo ni espadachín de la justicia, aclare conceptos que, gozando de buena lógica dialéctica, son empleados por algunos sectores de la política, más concretamente de la Cámara de Representantes, para desfigurar la política de la paz, y a la vez descalificar el actuar del Ministro de la Defensa Nacional de Colombia.
No entiendo de ninguna manera, y consten que no soy bruto porque sé distinguir una vaca lechera de un alacrán con alas, por qué los críticos ponen en un jardín infantil a unos “niños” que, apertrechados con sendos fusiles, digamos que G3, Galil, AK 47 y otras armas mucho más sofisticadas y en efecto mucho más mortíferas y con una capacidad enorme de matar. Que fueron llevados allí, al campo de guerra o inducidos a esa situación a las malas o por vías de la obligatoriedad violenta, es verdad y eso es un gravísimo delito, pero de los reclutadores. Lo cierto es que esos “niños”, y lo expreso con todo el respeto humano, también matan. Obligados o no obligados, matan. Incluso para defender su vida, pero matan. O mínimo causan heridos.
Entonces, yo, con el mayor respeto, tanto ético como periodístico profesional, les solicitaría a los señores de la Cámara de Representantes, que por el amor de Dios proporcionaran la fórmula para que esos “niños” no sean inducidos a la guerra y de hecho que no maten. Y que no sea pedirles la cédula en el momento de la balacera.
Cualquiera de mis lectores estará pensando que yo estoy defendiendo el Ejército Nacional y de facto al Ministro de la Defensa. Y van a ver, y sí. Claro que sí, porque entonces, ¿qué hacer? Por eso sugiero que los congresistas den alguna fórmula, así tengan que sonsacársela al Gitano Melquíades o a un brujo parasicólogo mentalista de Barbosa, Santander, que allá de esos sí es que hay por toneladas métricas decimales.
¿Luego no fue un “niño” el que le descargó una metra y le saboteó la vida al Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla? Lo mismo pasó, y hace muy poco tiempo, con el “muchachito” que asesinó al senador y candidato a la presidencia de la República Miguel Turbay Uribe. Así muchos otros casos que, si me pongo a citarlos, se me acaba el espacio y me mochan la columna.
Es que esos “niños” no deben jugar a la guerra ni siquiera con pistolitas de agua. Esos “niños” deben estar es en las escuelas, en los colegios, en las universidades, en los campos de fútbol, en los complejos deportivos, en las bibliotecas. Pero no deja de aparecer un periodista recóndito en su pensamiento o un psicoanalista de Harvard que escriban en su columna dominical de un diario nacional, ¿este pendejo es que cree que está en el Cielo? ¿O en el Paraíso Terrenal? Porque si no la fórmula a lograr sería, cómo combatir la delincuencia con poemas de amor y con ramos de claveles rojos.
Algunas coplas cojas y otros florilegios de amor. Y con serenatas nocturnas a base de boleros del Trio Los Panchos, de Felipe Pirela o de Roberto Ledesma, en la ventana del dormitorio de su amada Dulcinea. Ahhh, lo olvidaba: y sendas botellas de aguardiente antioqueño. Y lo peor es que le están coartando o castrando el sagrado deber al Ejército Nacional, de defender la patria, el bien y la honra de los ciudadanos.
Todo con el falso y perverso argumento pseudemocrático del “derecho a la oposición”. Y vean el mal irremediable que nos están haciendo a todos los colombianos. Porque en este Agujero Negro, repito, caemos, con la inocencia de las once mil vírgenes, todos los colombianos.