La paz y su coincidencia con el territorio
Resumen
Colombia enfrenta una paradoja: la narrativa de 'paz total' contrasta con la realidad violenta en regiones como Cauca y Chocó. La paz depende de una seguridad efectiva, pero una política estatal débil amenaza convertir el esfuerzo en simple retórica.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
Colombia pasa al inicio del 2026 por una paradoja difícil. Mientras en salones de conferencia bogotanos y foros internacionales se habla de “paz total” apalancada en justicia social y ambiental, por las zonas del Cauca, Catatumbo y Choco el lenguaje predominante sigue siendo el de las balas. La brecha entre la narrativa gubernamental y la seguridad territorial no solo se ha ensanchado; se viene convirtiendo en un abismo que amenaza acabar la estabilidad del país.
El dilema es ético y operativo. De un lado la apuesta por el diálogo es plausible en un país que lleva sesenta años viendo violencia. Sin embargo, la implementación de esta voluntad de paz parece haber confundido la prudencia militar con la parálisis estatal. Al decretar cese fuego con estructuras que no tienen unidad de mando claras, hoy la soberanía no se mide solo en presencia de autoridad, sino en quien decide quién entra, quien sale y cuánto cuesta la “vacuna” para sobrevivir.
Lo más alarmante es la asimetría tecnológica y táctica; mientras el debate público se pierde en tecnicismos legislativos, los grupos armados han sofisticado su ofensiva; el uso de drones cargados de explosivos, una realidad ya cotidiana en el suroccidente del país ha dejado obsoletas las estrategias de seguridad convencionales. Estamos ante una guerra del siglo XXI enfrentada con una política de seguridad atrapada en la nostalgia de la resistencia civil, sin entender que la paz sin autoridad es, en la práctica, el abandono de los más vulnerables.
La “paz total” corre el riesgo de convertirse en una etiqueta de geomarketing político si no logra resolver su contradicción fundamental: no se puede construir tejido social allí donde el estado no garantiza el derecho a la vida; la seguridad no puede ser vista únicamente como un sinónimo de la paz, sino como un requisito mínimo para lograr sostenibilidad y desarrollo. Sin el control del territorio, la inversión social es saqueada por los violentos, y los líderes sociales -esos que el gobierno prometió proteger- terminan siendo mártires de una transición que no llegará.
Estamos en un punto de no regreso; el gobierno debe entender que la paz no es un cheque en blanco para que lo grupos ilegales se fortalezcan y expandan bajo el ala del sece de hostilidades. La legitimidad de la paz se gana en el territorio no en la narrativa; de otro modo si para finales de este año el Estado no recupera la iniciativa y devuelve la tranquilidad a las regiones, la historia recordara este periodo como el de la gran oportunidad perdida para lograr una paz definitiva, que dejó al país a merced de un nuevo y más complejo feudalismo armado.
La paz es el camino, la seguridad el vehículo y un vehículo sin motor fracasa.