En el ocaso de la tarde
Resumen
Un homenaje íntimo a un abuelo campesino y sanador, cuya vida dejó lecciones de amor, fe, humildad y resiliencia.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)En medio de las ruinas del viejo camposanto, rodeado por la romería de los pobladores de la vereda, Lácides despedía a su abuelo, amigo y padre, el último testimonio de su sangre. Del silencio solo podían escucharse las paladas de tierra amarilla que caían sobre el féretro abanderado con el poncho, como símbolo de un hombre trabajador, noble, humilde, sabio y servidor; experto en arar amores en los surcos de la tierra y en el territorio del alma.
Las nubes negras y la ventisca conspiraban contra las velas sin lograr apagarlas, ni durante ni después de su inhumación. El abuelo era considerado un hombre santo, yerbatero, brujo, ángel y demonio, como rumoraba la gente del pueblo por su don de sanar los dolores del cuerpo, la impotencia del alma y de las buenas personas que solo querían superarse como seres humanos.
Lácides vestía una camisa blanca que olvidó su padre en el rancho del abuelo el día que su papá, su madre y el hermano mayor resultaron absorbidos por la ladera durante el vendaval; el día que jamás debió existir en el calendario, según Modesto. El pequeño Lácides tenía apenas cinco años de infancia. La neumonía que cuidó su abuelo lo salvó de la tragedia, aunque lo dejó huérfano.
Abuelo: Sé cuánto amabas la tierra, tus cuidados del alma, y la fe de tus buenas acciones. El escalón de piedra de tu arado, el que tanto pisaste para alcanzar la cima de tus sueños esta vez te golpeó y se quedó con tu vida; no fue por venganza. La fe tampoco te salvó, pero gracias a ella viviste en paz. Recuerdo cada vez que decías que no te angustiaba morir, sino vivir angustiado, y lo lograste. Tu gratitud por la riqueza de tus acciones y tus errores eligieron convertirte en tu propio héroe; superaste el dolor de mil traiciones que llevaste en silencio para transformar tu dolor en sabiduría.
Tu empatía y habilidad para amar despertaron la envidia de las personas que pregonan a Dios y naufragan en la soberbia, incapaces de amar a su prójimo y que, además, difaman por el resentimiento de sus carencias. ¡Dios lo ve todo! Fuiste cuidadoso en mantener la alacena de la paz abarrotada de resiliencia, discernimiento, amor y las acciones que te permitieron perdonar a quienes demostraron con sus actos «discapacidad» de coherencia. Tu sabiduría fue suficiente para comprender que la fe y la soberbia jamás podrían alearse.
La tierra que te cubre lo hará conmigo en una cuenta regresiva y transitaré por este trayecto para disfrutar de tu escuela sin distraerme. Tus ejercicios espirituales y la riqueza que ostentaba tu alma cada vez que la adversidad te concedía la oportunidad de encontrarte con Dios, te hizo el mejor escultor de amor. Viviste una escuela difícil; la vida te dolió, te hizo feliz; aprendiste, me enseñaste que el dinero no es riqueza y es insuficiente para comprar amor, por más barato que parezca, ni las monedas llenarán la alcancía de la paz del alma. Feliz viaje, abuelo.