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El privilegio de votar

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Resumen

El voto es una conquista histórica que nos permite participar en las decisiones que afectan nuestra vida. No votar es una decisión que igualmente impacta, ya que permite que otros decidan por nosotros. Aprovechemos este privilegio que costó tanto alcanzar.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Maura Samara Suárez
El privilegio de votar

Quiero convencerlos de ir a votar hoy y recordarles el privilegio que significa hacerlo. Hoy muchas personas deciden no votar porque creen que su voto no cambia nada. Pero olvidan algo, durante siglos la mayoría de la humanidad ni siquiera tuvo derecho a participar en las decisiones que definían su vida. El voto no es un trámite ni una costumbre democrática; es una conquista histórica. Hasta el siglo 18 comenzaron a surgir las primeras democracias modernas. En Estados Unidos solo votaban los hombres blancos propietarios; en Francia, únicamente los hombres que pagaban impuestos.

Durante los siglos 19 y 20 los trabajadores empezaron a exigir su derecho al voto. En Inglaterra, hasta 1884 el sufragio se extendió a los hombres de todas las clases sociales; en Francia ocurrió en 1848. Para las mujeres fue aún más difícil. El movimiento sufragista luchó durante décadas para conseguirlo. El primer país en reconocer el voto femenino fue Nueva Zelanda en 1893; Estados Unidos lo hizo en 1920 y Colombia apenas en 1954. Es decir, las mujeres colombianas llevamos menos de 70 años votando. Para las personas afro la situación tampoco fue distinta. En Estados Unidos y en varios lugares de Europa se mantuvieron mecanismos para impedir el voto de las personas de color hasta 1965.

En Colombia, hasta el siglo 19 solo votaban hombres con estudios universitarios y propiedades. En 1936 comenzó a ampliarse el derecho al voto para todos los hombres, sin importar su capacidad económica. Pensemos algo simple: si no teníamos carrera universitaria, ni propiedades, ni presentábamos declaración de renta, o si éramos mujeres, antes de 1936 simplemente no podíamos votar. Pero ahora podemos. Y lo damos por sentado. Para que hoy puedas votar, durante siglos miles de personas marcharon, fueron encarceladas, perseguidas e incluso murieron. Y la gran paradoja es que, teniendo ese derecho, decides no ejercerlo.

Pero la historia del voto no termina cuando se conquista el derecho. En realidad, ahí empieza lo verdaderamente importante: las decisiones que se toman con ese voto. Conozco muchas personas que dicen: “a mí no me interesa la política”. Pero la realidad es que la política lo atraviesa todo. Empecemos por los impuestos: cada vez que compras casi cualquier cosa pagas uno, y ese impuesto lo decide el Congreso. Lo mismo ocurre con el precio de los productos, el costo de los servicios (luz, agua, gasolina) y el salario que te queda después de deducciones.

La política también define el trabajo: la duración de la jornada laboral, las condiciones de contratación, las horas extra. Define la vida diaria: si la educación continúa siendo gratuita para los sectores vulnerables, cómo funciona el transporte o cómo operan las EPS. Es imposible que nada de esto te afecte. El Congreso decide las reglas de nuestra vida cotidiana.

No votar también es una decisión. Pero para que sea una postura respetable tendría que ser una decisión consciente y argumentada. Es posible que ningún candidato presidencial convenza; eso pasa. Pero es prácticamente imposible que, entre cientos o miles de candidatos al Congreso, ninguno represente siquiera una parte de lo que pensamos. Y si alguien no sabe por quién votar, hoy ni siquiera es una excusa. Basta con escribir en una inteligencia artificial cuáles son sus ideas y pedirle que sugiera perfiles de candidatos; después solo queda verificar y decidir. Porque al final, abstenerse no evita que se tomen decisiones sobre nuestra vida. Por eso, salgamos a votar hoy. Para que dejemos de vivir bajo las reglas que ponen otros y empecemos a decidir, aunque sea en una pequeña parte, las reglas de nuestra propia vida.

 

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por Maura Samara Suárez
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