El colombiano más llorado
Resumen
Jaime Garzón, un periodista político icónico, fue asesinado el 13 de agosto de 1999. Su humor e inteligencia lo hicieron inimitable. Su presencia y sus recuerdos siguen vivos, bañados en lágrimas y flores que adornan las memorias y espacios compartidos.
Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)“Desde un viernes al amanecer todas las flores están tristes/pues madrugaba a cantar un ruiseñor/ pero su canto fue acallado con el chasquido de un fusil”. El viernes 13 de agosto de1999 fue asesinado el periodista político más grande que ha tenido el país. Inimitable e insustituible porque tenía su gran humor como herramienta de trabajo. Y el humor es un don. La ramplonería es otra cosa.
Dos días después de su asesinato me di cuenta de que éramos vecinos y yo no lo sabía. Por eso, ipso facto me senté en mi mesa de trabajo y en medio de un torrente de lágrimas escribí el poema del que, con tres párrafos, inicio la columna. Yo era profesor de la universidad INCCA y mañana y noche me venía de caminata desde la universidad, pasaba por el restaurante El Patio, donde Jaime frecuentemente almorzaba, subía por la Plaza de toros La Santamaría, pasaba por el frente del, en ese entonces Colegio Mayor de Cundinamarca, hoy universidad, diagonal y al frente por la carrera quinta el edificio Manzanares, de apartamentos, donde en el cuarto piso vivía La Toti, como le decían sus amigos con afecto, a la que entonces era su novia.
Yo vivía dos cuadras más adelante y hasta ese día supe de su vecindad. Lo supe porque, “un muro blanco y enorme como una cripta del cielo”, resultó lleno de poemas luctuosos, de frases de dolor, de canciones inéditas, de “flores pegadas que semejaban los jardines colgantes de Babilonia”, como dice el poema, y yo no daba por qué.
El vigilante puso mirada de sorpresa y me dijo, “ustéd de dónde es”, cuando le pregunté la razón de los jardines colgantes. De Santander, le respondí. Ahhhh, de razón, dijo. Es que ahí en el cuarto piso vive la novia de Jaime Garzón, La Toti, así dijo, y él dormía ahí. Yo quedé como si me hubieran partido el occipital de un batazo. Claro, porque con frecuencia lo veía a la hora del almuerzo en El Patio, siempre rodeado de escritores y poetas, actores de cine y Televisión, incluso de políticos de unas raleas diferentes a la de él, y en muchas ocasiones de gente del común.
Unos días después me arriesgué a llevarle poema a La Toti. Por vía del citófono me hizo entender, en medio de un llanto apagado, que se estaba muriendo. Pero que le dejara el poema. Tampoco pude agradecerle al vigilante que me comunicó con ella puesto que, también yo estaba ahogado en llanto.
Para mí era una tortura pasar todos los días por ahí, dado que me parecía escuchar la mamadera de gallo de Jaime disuelta en el llanto triste de una novia con una daga hundida en el centro de su alma. De las pocas veces que hable con Jaime, fue cerca al capitolio. Esa vez le confesé haber escrito un libro que había titulado, El Manicomio más grande del mundo, y le narré unas anécdotas que le causaron mucha gracia. En especial la de, “El único hombre del mundo que no pudo ser torero no por falta de talento, sino porque no le cabían los testículos entre el traje de luces”. Hágame llegar un libro pronto, me dijo. Pero como ustedes ven, nunca se lo pude entregar.
Ese recuerdo me quedó ensartado en la cabeza para siempre. Muchos estudiosos del comportamiento humano, entre ellos sicólogos y sicoanalistas, coinciden en que, el que es capaz de elaborar humor, posee una inteligencia superior. Claro que eso no lo sabían sus asesinos, ya sean los intelectuales o los materiales, puesto que, para cometer un crimen de tal magnitud, se necesita tener inteligencia de tiburón humano. Jaime: tus recuerdos son como antorchas en fiesta del Espíritu Santo. Ellas no se apagan jamás.