Desprestigio de política y políticos tiene hastiados a los colombianos

Resumen

La degradación del debate público y el desprecio por la decencia están dañando la política y la convivencia en Colombia.

Generado por Inteliegenica Artifical (OpenAI)
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by Editorial
Desprestigio de política y políticos tiene hastiados a los colombianos

La política colombiana no sólo perdió prestigio. También perdió templanza, criterio y pudor. Ahora el debate público vive atrapado en el ultraje, en la sospecha permanente y en la costumbre miserable de reducir al contrario a su mínima expresión.

Ese ambiente cargado, espeso, ríspido, no fortalece la democracia. La intoxica. La vacía. La convierte en un espectáculo donde el insulto recibe aplausos y la reflexión inteligente es despreciada.

El cansancio que muchos sienten en las campañas presidenciales no es debilidad. Es la consecuencia lógica de un país que aplaude la crueldad y castiga la decencia, porque quienes aún trabajan por una idea de país cargan una presión injusta.

Deben soportar ataques, simplificaciones brutales y una maquinaria de desprecio y desprestigio que se alimenta de redes sociales, medios irresponsables y líderes que confunden autoridad con agresión.

Cuando la conversación pública se degrada así, nadie sale ileso. Tampoco quienes celebran el fango. El problema ya no se limita a los candidatos ni a sus equipos. El daño alcanza la convivencia nacional.

Cada vez que se premia el odio, se erosiona la confianza, se destruye el respeto mínimo y se entierra la posibilidad de escuchar razones distintas.

Un país sin reglas morales compartidas termina en una competencia de mediocres. Y en esa carrera, Colombia siempre pierde más de lo que gana. No por falta de talento, sino por exceso de mezquindad.

Defender a quienes todavía creen en el servicio público no constituye un gesto romántico. Es una necesidad democrática. Sin personas serias, con oficio, con rectitud y con capacidad de sostener discusiones difíciles, la política queda en manos de oportunistas, fanáticos y mercaderes de la politiquería, la mentira y el escándalo.

La sociedad que desprecia a sus cuadros más responsables luego se queja de su propia ruina. Ese autoengaño cuesta caro. Produce instituciones débiles, acuerdos imposibles y un futuro de desastre.

La reacción debe ser frontal. Hay que condenar la vulgaridad sin rodeos. Hay que exigir verdad, mesura y responsabilidad a quienes hablan en nombre de la ciudadanía. Hay que dejar de premiar la injuria como si fuera sinónimo de valentía.

El país no necesita más ruido. Necesita carácter. Necesita coraje para sostener el desacuerdo sin convertirlo en guerra moral. Quien aplaude que Colombia se desintegre, también se condena a sí mismo.

Porque un país degradado termina por llevar al abismo a todos sus hijos y por eso hay que volver a dignificar la palabra pública, proteger a quienes sirven con honestidad y romper la adicción nacional al ultraje.

Ese cambio pide memoria cívica y disciplina moral. Reclama menos espectáculo y más responsabilidad. Exige dejar de confundir estridencia con liderazgo. Mientras el país premie la saña, terminará por hundir a quienes aún sostienen alguna esperanza. La política merece firmeza, pero no barbarie. Colombia merece respeto, no desprecio colectivo.

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